—¡Esto es horrible, espantoso! —clamaba la dama—. ¿Y a dónde vamos? ¿Qué se hace? ¿Qué nos pasa? ¿Hay esperanza de seguir? ¿Nos quedamos aquí?... ¿Retrocedemos?... ¿Tomaremos un bocado?... ¿Nos cogerán los ingleses?... ¿Pues y nuestro dinero?... ¡Oh, señor Monsalud de mi alma, usted que es tan bueno y tan generoso, sálveme usted!
—No es tan desesperada nuestra situación —repuso el joven, notando que el cuerpo de doña Pepita, al buscar en su brazo indolente apoyo, no era un cuerpo de sílfide, de fantástica forma ni de imaginaria pesadumbre.
—¡Qué espanto!... —añadió la dama—. ¡Los hombres gritan y blasfeman!... ¡Las mujeres lloran!... ¡Qué desolación! Señor Monsalud, andemos un poquito para desentumecernos... Todos lloran la hacienda perdida... ¿pues y nosotros? ¡traemos tanta plata, tantas alhajas!... ¡Yo también lloro, Dios mío!... ¿Será posible que nos cojan esos perros ingleses?... Adelante; vamos por aquí... Busquemos a alguien que nos dé buenas noticias... no pueden ir las cosas tan mal como dicen... ¡Oh, los ingleses! ¡Cogerla a una los ingleses!... pero no, mil veces no, valiente joven, usted me defenderá hasta morir... Me horripilo de pensar que un inglés pondrá la mano sobre mí... Sigamos más allá... ¿No habrá nadie que diga: «La batalla se ha ganado?...» Pero ¿dónde estamos? ¿Dónde está mi marido? ¡Se ha perdido!... ¡Le hemos dejado atrás! ¡Urbanito, Urbanito!
—El señor oidor habrá ido en busca del jefe para saber la verdad de todo.
—¡Oh, qué horroroso aspecto ofrecen estas pobres gentes!... Fíjese usted en aquella pobre mujer que abraza llorando a sus niños... Estos otros no hablan más que de huir... ¡Jesús crucificado! ¿A dónde iremos nosotros?... Será preciso abandonarlo todo... ¡Aquí están diciendo que no hay esperanza!... Allí gritan: «Sálvese el que pueda.» Mire usted a esos sacando atropelladamente su ropa de las arcas. Será preciso llevarlo todo a cuestas... ¡Oh! Los que por allí vienen, ¿no son los heridos de la batalla?... ¡Malditos ingleses!... Por piedad, Monsalud, no me abandone usted... Es imposible huir en coche... yo no sé montar a caballo... ¿podré ir a la grupa?... ¡Qué desolación!... Vamos por aquí... Los gritos, las blasfemias, los juramentos de esos hombres desesperados que parecen demonios, me hacen temblar, y me pongo mala... Por aquí... ¡Qué bullicio, qué algarabía!... ¿Y mis alhajas, y mis encajes, y mis ropas?... Corramos allá, corramos... Mas no veo a mi marido por ninguna parte. ¡Urbanito, Urbanito!
—Vamos por aquí... En estos casos es triste llevar consigo el valor de un alfiler. Pobre y desvalido yo, lo mismo tengo vencedor que vencido.
—¡Qué felicidad! —continuó la dama, que, por no encontrarse bien en ninguna parte, quería estar al mismo tiempo en todas—. Así quisiera ser yo: libre como el aire, y con la galana pobreza de los pájaros que no tienen más que un vestido, y a donde quiera que van llevan consigo todo su ajuar... Huyamos de este sitio. Los llantos de esas mujeres me hacen llorar también a mí... Dicen aquellos que los ingleses nos sorprenderán aquí... ¡Esto es espantoso! ¡Los ingleses, los guerrilleros!... Me parece que muchas personas han emprendido la fuga por el llano adelante... ¿No ve usted? Llevan un lío a la espalda, y los zapatos en la mano para correr mejor... Observe usted a aquel infeliz que se da de cabezadas contra un cañón... estos de aquí hablan de quitarse ellos mismos la vida... Por Dios, si forman de nuevo, no me abandone usted... deserte usted si es preciso, deserte. Si me veo sola, me moriré de pavor... ¡Yo que pensaba ir a Francia y regresar a Madrid para el otoño!... En medio de mis desgracias he tenido la sin igual ventura de conocerle a usted, de encontrar a un joven tan leal como modesto, que está dispuesto a ampararme contra esos vándalos de ingleses... Estos pobres jurados y míseros lacayos del rey José hablan de morir matando o abrirse paso por entre los vencedores... Les será imposible, ¿no es verdad? Por Dios, no se abra usted paso, no se abra usted paso y quédese aquí... más vale rendirse... Ríndase usted; nos rendiremos los dos... Vamos..., no puedo ver tanta desolación... Escondámonos en algún sitio... ¿Ve usted a mi esposo?... Busquémosle... Es capaz de dejarse dominar por la desesperación, y hará alguna locura... ¿En dónde dejamos nuestro coche?... Aprisa, aprisa, señor Monsalud; sosténgame usted si me caigo; creo que me caeré, sí... Me caigo sin remedio... ¡Dios mío! ¿No le parece a usted que voy a caerme?
XXIII
Pero no se cayó. Corrieron ambos por entre la revuelta masa de gente y vehículos, espantados una y otro del triste espectáculo que el detenido convoy ofrecía, y antes que refiramos lo que resultó de su improvisada amistad y de las extrañas vicisitudes del viaje, es de todo punto indispensable advertir que esta gallarda dama del lunar pertenecía a la familia de Sanahuja, no siendo ella misma desconocida para nuestros lectores, pues algún incidente de sus verdes abriles tuvo cabida en otro libro.[2] Enteramente nuevo para mí y para los que me leen es el oidor; pero recientemente han llegado a estas manos documentos y apuntes, cuyo interés me mueve a asegurar una poderosa intervención de este personaje en las páginas que leerá el que las leyere. Por ahora solo corresponde decir que en aquel tumulto de lágrimas y blasfemias, de desesperación y hondo desaliento, el jurado y doña Pepa buscaban a Urbanito por todas partes, sin que Urbanito pareciese.
[2] El Audaz.