Per secula seculorum —gruñó detrás del coche Jean-Jean—. Esto se acabó.

—¡Qué confusión por todas partes! —exclamó Pepita—. Mi marido llora, señor Monsalud: es demasiado pusilánime. Supongo que no nos harán nada... ¿Será preciso huir?... ¡Oh!, huir, y ¿cómo?

—En el coche no es posible.

—Pero sí en un caballo, ¡ay!, en la grupa de un caballo... ¡Dios mío, cómo gritan! Pues qué, ¿se ha perdido toda esperanza?

El oidor exhibió nuevamente su fisonomía, en la cual una palidez cadavérica anunciaba el miedo causado por la peor noticia que un oidor ha podido oír en el mundo.

—¡Pie a tierra todo el mundo! —gritó una voz estentórea—. Las ruedas no pueden seguir...

—Aún hay zapatos y herraduras —clamó Jean-Jean.

Casi todos los jinetes echaron pie a tierra, y muchos viajeros arrojáronse fuera de los coches, despavoridos y aterrados. El concierto de imprecaciones y lastimosas quejas, excedía a todo encarecimiento.

—Salgamos también —dijo Pepita, llevando el pañuelo a sus ojos para enjugar una lágrima—. Pero me es imposible andar... Señor Monsalud, me desmayaré sin remedio... No se separe usted ni un momento de mí.

El oidor salió del coche, y perezosamente estiró el acecinado cuerpo para devolverle su postura y forma prístina, semejante a la que tienen los mortales cuando no han pasado ocho horas dentro de un coche. No lo consiguió fácilmente el respetable varón, cuya figura, después que a sus anchas se desperezó y dejó caer los brazos y echó sobre las piernas el liviano peso del cuerpo, se asemejaba mucho a un gran paraguas cerrado.