Todo el interés de la batalla de Vitoria estuvo en la impedimenta. Hacia aquellos cofres tendiéronse anhelantes las manos crispadas de vencedores y vencidos. Podía decirse que aquel convoy era el resumen de la guerra, y que los franceses, al perderlo, perdían la tierra trabajosamente conquistada; al verlo tan grande, tan custodiado, creerían también que no pudiendo dominar a España, se la llevaban en cajas, dejando el mapa vacío.
Y a pesar de la ruda batalla empeñada a la izquierda, el pesado equipaje seguía adelante, avivando el paso todo lo posible. Era una tortuga impaciente y azorada que ansiaba resbalar como culebra; diríase que la zozobra y anhelo de los que en ella llevaban sus intereses, impulsaban la pesada armazón. Durante cuatro horas largas no ocurrió detención alguna; pero a medida que se acercaban a Vitoria arreciaba el tiroteo, hasta que llegaron a un punto en que divisaron claramente y a corta distancia las columnas en movimiento y las baterías escupiendo fuego. Allí dieron las ruedas su última vuelta, y los caballos su último paso, y los cocheros su último grito, y el afligido corazón de los viajeros el último latido de esperanza. Todo acabó; había sonado la terrible sentencia: no se podía pasar.
—Señor Monsalud, eso que me contaba usted —dijo poco antes de la detención la oidora— es tan inverosímil, que si usted no lo afirmara como lo afirma, lo dudaría... ¿Ella misma gritaba que le matasen a usted?... ¿Pero qué es esto? Nos paramos otra vez.
—Otra vez, señora...
—Y ahora será para siempre —vociferó Jean-Jean—. ¡La batalla está perdida!
—¡Perdida! —exclamó doña Pepita, a punto que el oidor sacaba la cabeza pidiendo informes.
—¿Dicen que se gana la batalla?
—No, que se pierde —repuso la dama—. No seas impertinente, ni me estrujes el cabriolé... Por Dios, señor Monsalud, ¿nos abandona usted?... ¡Qué insoportable ruido! Parece que suenan mil truenos a la vez... Salvador, deme usted la mano, a ver si me infunde valor... ¡Por Dios, la mano!
—Una dama valerosa como usted no se asustará porque perdamos una batalla —replicó el joven, alargando su mano—. Ya ganaremos otra.
—La ganaremos, sí: ganaremos una hermosa batalla —dijo Pepita recobrando sus frescos colores—. ¡Cuán cansada estoy de la estrechez del coche!... Quisiera salir un momento, un momentito. ¿Nos detendremos mucho aquí?