—¡Qué se ha de perder! —vociferó el francés.

—Señor sargento —dijo el oidor—, no se separe usted de nosotros. Mi mujer tiene un miedo espantoso.

—¡Oh, sí! —murmuró la dama.

—Si por desgracia nuestra nos viésemos en peligro...

—No, no se separe usted de nosotros, señor Monsalud —dijo doña Pepita—. Mi marido cobra alientos viéndole a usted tan cerca... podría ocurrir algún accidente funesto; que nos viésemos envueltos, comprometidos... ¡Cómo retumban los cañonazos en estas montañas!... Por Dios, señor Monsalud, distráigame usted, cuénteme cosas agradables para que con la conversación entretengamos y engañemos el miedo; hablemos de asuntos placenteros, graciosos y dulces, de esos que regocijan el espíritu y matan el hastío. Hágame usted olvidar que a dos pasos de nosotros se está dando una batalla... quiero estar alegre y reír... quiero olvidar y engañarme. Engáñeme usted... ¡Oh, sí! Dígame usted que no tema, tranquilíceme. Pero no oigo lo que usted me dice... ¡Oh!, no tema usted alzar la voz. Mi marido no oirá nada: es un poco sordo.

XXII

La batalla en que doña Pepita no quería pensar, y en la cual nosotros no fijaremos tampoco mucho la atención, fue del modo siguiente:

Ya sabemos la dirección y traza del camino real de Miranda a Vitoria, que va orillas del Zadorra, rozando al pasar los lindes del condado de Treviño. Hállanse en este camino los lugares de la Puebla, Aríñez, Crispijana y Gomecha, y después de deslizarse entre altos riscos, penetra holgadamente en la llanada de Vitoria. Ocupaban los franceses la orilla izquierda del Zadorra. Otro afluente del Ebro, el Bayas, y otro camino, el de Vitoria a Bilbao, servían de base al ejército aliado, que se extendía desde Murguía hasta cerca de Subijana de Álava. Dueños los franceses del camino de Burgos a Vitoria, tenían segura la retirada, así como los pasos del río, y una posición excelente en las alturas que rodean a la Puebla. Este camino, estos puentes y estas alturas eran lo que en la mañana del 21 empezaron a disputarse las tropas inglesas, portuguesas y españolas por diversos puntos y con rapidez y energía extraordinarias. El inglés Hill y el bravo español Morillo atacaron la Puebla y sus riscos eminentes, coronados por una fortaleza feudal de antiguo llamada El Castillo; el general Graham, con el guerrillero Longa, atacaron la derecha enemiga en el camino de Bilbao por Avechuco, y después por Gamarra Menor. Conquistados felizmente estos puntos extremos y altos, fueron atacados todos los pasos intermedios del Zadorra, el llamado Tres Puentes, Crispijana y Gomecha. Hubo en estos ataques alternativas sangrientas de fortuna y adversidad, porque los franceses los reconquistaban a medias después de perderlos, hasta que definitivamente los poseían los aliados. Mientras estas luchas horribles ensangrentaban el Zadorra, hacia el Norte se daba la verdadera estocada de muerte, con el movimiento de avance del general Graham y del guerrillero Longa, que cortaron al enemigo el camino de Francia. Sin otra salida que el de Pamplona, precipitose por él todo el ejército, con José a la cabeza; mas si los hombres que aún tenían piernas pudieron escapar, no gozaron igual suerte la artillería y la impedimenta, que se atascaron en el camino, como los ratones con morrión al querer huir después de la batalla con las comadrejas.

Tal fue, en breves términos, la de los aliados con los franceses en las inmediaciones de Vitoria, acción que tuvo, como todas las obras maestras, una gran sencillez. Si la he descrito a grandes rasgos, no ha sido porque en ella encontrase menos interés ni menos elementos para la narración que en otras funciones de guerra, a cuyo relato di anteriormente, si no gran interés, atención considerable. Me mueve a hacerlo así, el propósito de variar la materia de estos libros, dando en el presente la preferencia a una curiosa fase de aquella campaña y de aquella guerra, cual fue la suerte del más rico botín que un ejército invasor se ha llevado consigo al abandonar el país expoliado.

En todas las batallas hay un interés subalterno que apenas menciona con desdén la historia, y consiste en las vicisitudes de aquel fondo positivo de toda contienda entre los hombres. En todas ofrece gran interés el drama oscuro que se desarrolla dentro de la alforja grande o pequeña que los ejércitos llevan a la grupa. Mientras los generales se calientan los sesos haciendo cálculos tácticos, y mientras truena la artillería y se destrozan las falanges, allá, en la cola del ejército, una ciudad portátil, llevada por mercaderes ambulantes, tiembla por su destino. Las tiendas, los bagajes, las cocinas, las cantinas, los equipajes, los coches, los botiquines, las camillas, representan la vida y la muerte. Son la suprema necesidad y el supremo peligro de la batalla. Sin esto no se puede vencer, y con esto no se puede huir.