—No se puede pasar. Crispijana ha sido atacada, y los ingleses y los guerrilleros han aparecido por Gamarra...

La configuración del camino por donde intentaba marchar el convoy era la más a propósito para infundir miedo a los viajeros. Altos cerros a un lado y otro formaban un estrecho callejón tortuoso, por cuyo fondo el camino y el Zadorra culebreaban, estorbándose a cada paso. Frecuentemente pasaba el uno por encima del otro, cediéndole, ora la derecha, ora la izquierda. Aunque en la noche anterior se habían tomado todas las precauciones para el paso del convoy, ocupando las alturas, aquel repetido cañoneo que se oía más arriba ponía en gran inquietud a todos. Se temía que las fuerzas destacadas se hubieran visto en la necesidad de acudir en socorro de los de Crispijana o Gomecha... Por fin, después de una hora de ansiedad, moviose la larga procesión entre gritos de alegría. Mulos, caballos, bueyes y hombres dieron algunos pasos; después se volvieron o parar. Parecía una comitiva de entierro cuando el carro fúnebre se atasca.

Pero transcurrido otro rato de ansiedades, de angustiosas preguntas y de mal humoradas respuestas, el dragón de mil patas marchó de nuevo con bastante prisa.

—¿Qué hay?... Señor Monsalud, una palabra por amor de Dios —dijo la oidora echando fuera del coche su ostentoso lunar, su franca sonrisa, su rostro todo, no pequeño ni falto de gracias por cierto, su abanico y sus quirotecas—. Cuénteme usted lo que ocurre.

—Cuéntenoslo usted —añadió el oidor asomándose también tras de su consorte.

—No hay nada que temer —dijo deteniéndose el jinete, que regresaba de la vanguardia del convoy—. Camino franco hasta Vitoria.

—Nos hemos detenido, señora —indicó Jean-Jean, metiéndose donde no le llamaban—, porque la vanguardia ha estado reconociendo el camino.

—La batalla está empeñada por aquí, a mano izquierda —dijo Monsalud extendiendo el brazo en la dirección indicada—, y se ha roto el fuego por tres puntos distintos.

—Por tres puntos distintos, señora —añadió el intruso Jean-Jean—. Quizás pasemos por sitios peligrosos. Si gusta la señora oidora, la acompañaré a la portezuela para preservarla de cualquier accidente.

—No, gracias, retírese usted —repuso la dama con desdén—. Señor Monsalud, ¿se marcha usted tan pronto? ¿Perderán esa batalla? ¿La perderemos? ¡Ay, no me diga usted que sí!... Engáñeme usted por favor.