—¡Todo sea por Dios! —murmuró el oidor sepultándose en el coche.
—No se descuide usted en avisarme todo lo que ocurra —dijo la dama alzando la voz, cuando por uno de los movimientos tan propios de una marcha, el coche se alejó bastante de los jinetes.
Monsalud la saludó con galante sonrisa, mientras Jean-Jean le decía:
—Si esa señora doña Pepita, tan garbosa, con su grueso lunar velludo en la barba, sus buenas carnes, sus ojos negros, su cara un tanto arrebolada y sus quirotecas amarillas, me hubiese mirado a mí desde la portezuela, apuntándome con su abanico y haciéndome preguntas diversas desde que salimos de Valladolid, a estas horas, joven guerrero, ya nos trataríamos de tú, y todos mis compañeros envidiarían al sargento Jean-Jean. Verdad que yo soy hombre muy circunspecto y no he querido decirle una sola palabra, además de que no es de caballeros quitarle su conquista a un camarada; que si llego a hablar con ella, y echo mis visuales, y disparo los tiros de mi galantería, y trazo mis paralelas, y lanzo los escuadrones, y enfilo las piezas, y pongo el sitio en regla, Monsalud, en dos horas es mía la plaza; en dos horas hago yo lo que a ti te costará dos meses... ¿Pero en qué piensas? ¿Estás mirando las estrellas que desaparecen?... Salvador, Salvador, despierta, que estoy hablando; está hablándote todo un Jean-Jean.
Profundamente abstraído y meditabundo, Monsalud había olvidado a doña Pepita, al oidor y a Jean-Jean. Poco después de este ligero incidente, la claridad del día empezó a derramarse por tierra y cielo, bañándolo todo con las dulces y frescas tintas de la mañana. El sereno firmamento parecía suspendido sobre la frente del mortal para presidir y proteger su alegre vida, sublimada por el trabajo, por la virtud, por inocentes y castos amores. El campo estaba impregnado de la placentera atmósfera que por el aliento penetra hasta nuestro corazón, inundándolo de felicidad, o, si así puede decirse, aromatizándolo, pues parece que balsámicas esencias penetran hasta lo más hondo de nuestro ser, sacudiendo los sentidos y despertando el alma con el estímulo de vagas emociones. Las altas montañas y los verdes prados se aclaraban, disipada la niebla que los cubría, mostrando su lozano verdor, compuesto de mil y mil hojuelas húmedas, que tiritaban al roce del viento. Poco después los rayos del sol se introducían por todas partes: en el seno de las nubes, entre el follaje de los árboles, en los infinitos huequecillos de los arbustos y las piedras, en la profunda masa cristalina de las aguas del río. Todo tomó color, y con el color la grandiosa existencia del día. ¡Ah!, si queréis conservar la dulce paz en vuestra alma, cerrad los oídos... Estrepitosos cañonazos resonaron a lo lejos, y el convoy entero, como si obedeciera una orden, se detuvo.
Por algún tiempo no se oyó en todo el espacio ocupado por tantos carros y hombres el más ligero rumor; pero no tardó en producirse de un extremo a otro discordante algarabía.
—Dicen que no se puede pasar de Gamarra... Los ingleses están atacando a la Puebla... También hay batalla por Subijana... y en Avechuco... y en Crispijana.
Estas frases se repetían, pasando de boca en boca, y dando ocasión a multitud de preguntas que no eran nunca bien contestadas. La respuesta aumentaba la confusión.
—¡Patarata! —exclamaba un jurado de los más vehementes, el cual había aprendido pronto la fanfarronería francesa—. El general Clausel, que está en la Puebla, les enseñará lo que pueden tres ingleses contra un solo francés. ¿Y qué nos puede importar la Puebla si queda atrás? Adelante.
Pero los carros y coches no obedecieron la enfática orden del bravo dragón, permaneciendo tan quietos cual si los clavaran en el suelo. El día había aclarado completamente, permitiendo ver la palidez y la extrema ansiedad de todos los semblantes... De pronto una voz pavorosa recorrió de un extremo a otro la línea del convoy, repitiendo: