Un rostro acartonado y marchito, en cuya superficie brillaban con chispa mortecina dos tristes y ya muy viejos ojuelos, apareció un momento en la portezuela, y una voz fatigada pronunció estas palabras, que parecían una especie de limosna oral:

—Buenos días tenga el señor sargento Monsalud.

Y desapareció luego dentro del coche.

—¿Apostamos —dijo la dama sonriendo— a que no me compró usted en la Puebla los polvos a la marechala que le encargué, ni las pastillas de malvavisco?

—Señora, ya sospechaba yo —repuso el joven— que en la Puebla no habría cosas tan finas.

—¡Ah, tunante! —exclamó ella, amenazando festivamente al joven con su descomunal abanico cerrado, que esgrimía como si fuese una espada—. Disculpas... Y hablando de otra cosa, ¿cuándo llegaremos a Francia?

—Pronto, señora. Si hay batalla al romper el día, como dicen, nosotros habremos ganado de aquí a esa hora mucho terreno, y nadie nos estorbará el paso.

El oidor dejose ver de nuevo. Era un varón de años, flaco o indolente, enfermo tal vez, y parecía muy aburrido del largo viaje.

—¡Batalla al romper el día! —dijo frunciendo el ceño—. Me parece que principia a despuntar la aurora. ¿Y hacia dónde es esa batalla?

—Hacia ninguna parte, hombre —repuso con desdén y superioridad doña Pepita—. Tu gran miedo te hace ver batallas en las puntas de los dedos. ¡Qué aburrimiento! No se puede ir contigo a ninguna parte... Recuéstate en el coche y calla, o me enojaré.