¡Cuántos habrá que al leer las escenas que acabo de referir, las hallarán excesivamente trágicas, tal vez hiperbólica la terrible pugna que en ellas aparece entre los lazos de la naturaleza y las especiales condiciones en que los sucesos históricos y las ideas políticas ponen a los hombres! Yo aseguro a los que tal piensen, que cuanto he contado es ciertísimo, y que en el lamentable fin de don Fernando Garrote no he quitado ni puesto cosa alguna que se aparte de la rigurosa verdad de los acontecimientos. Vivió el citado Garrote en los mismos años que le presento, y fueron su carácter, sus costumbres y sus ideas tales como he tenido el honor de pintarlas, salva la diferencia que entre el artificio de la narración y la verdad misma existe y existirá siempre mientras haya letras en el mundo. Cierta fue también su malograda expedición con el cura Respaldiza, y evidente su desastroso cautiverio y fin horrendo, aunque no le cupo peor suerte que a otros muchos, quier españoles, quier franceses, víctimas entonces del furor de las desenfrenadas pasiones.

En cuanto a las circunstancias verdaderamente terribles que acompañaron al último aliento de aquel desgraciado varón, no son tales que deban causar espanto a la gente de estos días, la cual, viviendo como vive en el fragor de la guerra civil, ha presenciado en los tiempos presentes todos los desvaríos del odio humano entre seres de una misma sangre y de una misma familia; ha visto rotos todos los vínculos en que principalmente apoya su conjunto admirable la sociedad cristiana. ¡Oh!, si en el santo polvo a que se reduce la carne y los huesos de tantos hombres arrastrados a la muerte por el fanatismo y los rencores políticos, quedase un resto de vida, ¡cuántas íntimas reconciliaciones, cuántos tiernos reconocimientos, cuántos perdones no calentarían el seno helado de la fosa, donde el insensato cuerpo nacional ha arrojado parte de sus miembros, como si le estorbasen para vivir! Y si la eterna vida disipa las nieblas que oscurecen aquí el pensar de los hombres, ¡cuántos seres habrá que, en la desolación de la impenitencia y en su solitario vagar por la desconocida esfera, maldecirán la mano corporal con que hirieron el uno al hijo, el otro al hermano! La actual guerra civil, por sus cruentos horrores, por los terribles casos de lucha entre hermanos, y aun por el fanatismo de las mujeres, que en algunos lugares han afilado sonriendo el puñal de los hombres, presenta cuadros ante cuyas encendidas y cercanas tintas palidecerán, tal vez, los que reproduce el narrador de cosas de antaño. El primer lance de este gran drama español, que todavía se está representando a tiros, es lo que me ha tocado referir en este, que, más que libro, es el prefacio de un libro. Sí: al mismo tiempo que expiraba la gran lucha internacional, daba sus primeros vagidos la guerra civil; del majestuoso seno ensangrentado y destrozado de la una salió la otra, cual si de él naciera. Como Hércules, empezó a hacer atrocidades desde la cuna.

Púsose en marcha el largo convoy bastante después de media noche. Todo el camino real, desde las últimas casas de Aríñez hasta Gomecha, estaba ocupado. ¡Con cuánta ansiedad veían que España se iba quedando atrás las infortunadas familias que buscaban un refugio en Francia!

—Si podemos llegar a Vitoria —decía Jean-Jean, que iba a caballo junto a Monsalud en la retaguardia—, estamos en salvo. Allá se las entiendan el rey y el mariscal Jourdan con Wellington y Hill. ¡Gran batalla tendremos hoy!... Pero créeme: daría una de mis manos por no verla.

—Han dado orden de marchar más a prisa, señor Jean-Jean —dijo Salvador—. La cosa apremia. Usted da una mano por no ver esta batalla, y yo daría las dos por verla.

—¡Oh, joven Bayardo, caballero sin mancilla! ¿Sabes lo que es una batalla? Un engaño, chico, una farsa. Los generales embaucan a los pobres soldados, les hablan de la gloria, les arrastran a la barbarie, les hacen morir, y luego la gloria es para ellos. Pónense a mirar la batalla desde una altura lejana, a donde las balas no llegan, y echando el anteojo a un lado y otro, hacen creer a los tontos que están observando distancias y calculando movimientos. Así como los nigromantes hablan de estrellas, ciclos, conjuros para engañar a los necios, los generales hablan de paralelas, ángulos, cuñas, etc..., y hacen garabatos en un papel... ¡Oh, yo he medido la Europa con el compás de mis piernas; yo he escupido mi saliva en el Austria y en la Rusia, y sé lo que es una acción de guerra! Después que los unos han destrozado a los otros a fuerza de brazo, porque aquí todo se hace a fuerza de puños, el general recorre a caballo el campo de batalla, y con sonrisa hipócrita da gracias a los soldados; manda que se asista a los heridos, y los cirujanos empiezan a trabajar en la carne como los ebanistas en la madera. Enterramos a los muertos, damos una muleta a los cojos y una venda a los ciegos. Nuestros nombres no se escriben en ningún monumento, ni nadie los sabe, ni los pronuncia más boca que la de nuestros compañeros. No así el general, que se pone un calvario en el pecho, y se echa a cuestas un título como una casa, de tal modo, que si hoy derrotásemos a ingleses y españoles en cualquiera de estos sitios que atrás dejamos, no faltaría un general que se llamase mañana Duque de Subijana de Álava, o Príncipe del Zadorra. Luego viene la historia con sus palabrotas retumbantes, y entre tanta farsa caen unos reyes para subir otros, sin que el pueblo sepa por qué, y los políticos hacen su agosto chupándose la sangre de la nación, que es lo que a la postre resulta de todo.

Iba a contestarle Salvador, cuando una sonora y fresca voz de mujer gritó:

—Señor Monsalud, señor Monsalud, ¡gracias a Dios que se le ve a usted! ¡Qué prisa tiene el caballerito para dar cuenta de los encargos que recibe!... ¡Oh, qué prisa, sí!

Monsalud, a pesar de la oscuridad, distinguió perfectamente un rostro femenino que por la portezuela de un coche asomaba, acompañado de una mano con quiroteca, cuyos dedos pajizos se movían saludando de una manera apremiante y afectuosa.

—Perdone usted, señora doña Pepita —dijo el militar acercando su caballo al vehículo—. Hace dos días que no la veo a usted por ninguna parte. ¿Y el señor oidor cómo sigue?