—Viendo que era inevitable para usted un fin tan horrible como el del pobre Respaldiza —dijo Salvador llevando la mano al cinto, donde tenía las pistolas—, y suponiéndole hombre de valor, he creído que era caritativo proporcionarle un medio de evitar la ignominia de martirio tan bárbaro.

Don Fernando se levantó de súbito. Parecía un esqueleto con vida, y con toda la vida en los ojos. Oyéronse en aquel instante los desaforados gritos de la turba que volvía. Estremeciose el anciano, dominado nuevamente por un terror congojoso; aparentó luego serenidad heroica, y contemplando al mancebo con altanería, exclamó:

—Un hombre de honor, un caballero como yo, no morirá a manos de viles sicarios; un hombre como yo, no será sacrificado salvajemente por tus crueles amigos. He cumplido contigo y con mi conciencia. No contaba con mi desgraciado destino ni con tu incredulidad... Que Dios me perdone lo que voy a hacer. Salvador, dame un arma cualquiera, y adiós.

Con la seguridad de quien ve realizado su pensamiento, Monsalud entregó una pistola a don Fernando Garrote, diciéndole:

—Eso mismo pensaba yo... Un hombre de honor, un caballero decente, no debe... Que Dios le ampare a usted.

Don Fernando irguió con altivez la majestuosa frente, miró a su hijo con calma desdeñosa, le miró mucho durante un rato, relativamente largo, y luego, con voz trémula y solemne, en la cual había como un acento de pesadumbre mezclado de sarcasmo, habló de esta manera:

—Salvador, gracias, muchas gracias... Que Dios te ampare y te perdone. Adiós.

—Adiós —dijo Monsalud desde la puerta, saliendo rápidamente.

Cuando la brutal soldadesca entró atropelladamente en donde estaba el bravo guerrero, halló su cadáver caliente y tembloroso sobre el suelo, la sien partida y destrozado el cráneo. Su mano palpitante asía con rabioso vigor el arma.

XXI