—Pronto llegarán: aún puede usted...

—He sido un miserable, he sido un egoísta: las ideas adquiridas en las disputas de los hombres, las he sobrepuesto a los sentimientos más dulces de mi corazón, a mi conciencia y a mis deberes. Salvador, este miserable que ves aquí a tus pies, humillado y envilecido, es el que te ha dado la vida, es tu propio padre, que por su mala suerte y su indisculpable apatía no ha tenido hasta hoy la dicha de conocerte.

El semblante de Salvador, atónito primero, expresó después la más desconsoladora incredulidad. Una sonrisa, impropia ciertamente del lugar y de la ocasión, vagó por sus labios; pero recobrando al punto su seriedad, y movido a gran compasión por el triste estado mental que en el anciano suponía, le dijo con frialdad:

—Señor Garrote, yo no tengo padre.

Estas palabras atravesaron como una espada de hielo el corazón del desgraciado Navarro.

—En nombre de tu santa y buena madre, en nombre de Dios —dijo—, en nombre de Dios, no me desmientas... He sido un infame egoísta, he sido un necio lleno de orgullo hasta en esta ocasión tristísima, pues hace un momento me horrorizaba la idea de llamar hijo a un traidor renegado. Dios me ha castigado por esto; pero, siempre misericordioso conmigo, te me ha puesto delante en mi última hora, para que mi confesión sea completa. ¡Bendito sea Dios!

—Desgraciado loco —dijo Monsalud, contemplando al reo con impasible calma lastimosa, tan extraño a los sentimientos que este expresaba, como si fueran de otro mundo—. Comprendo que en situación tan aflictiva trate de seducir a sus carceleros llamándoles hijos. Todo es inútil conmigo, porque no he venido aquí a librarle a usted de la muerte.

—¡No me cree! —rugió don Fernando arrojándose en el suelo—. Dios mío, Dios justiciero, que así prolongas mi castigo, ¿más todavía?

Una voz del cielo pareció responder:

—Sí, todavía más.