—¡Atrás, a un lado! —vociferó Monsalud abriéndose paso y tomando la linterna que estaba en el suelo—. No puedo salvar a ese hombre, porque el general le ha condenado a morir; pero mientras yo aliente, canallas cobardes, un caballero honrado y decente no morirá, ya lo he dicho, como mueren los cerdos. Los infames vuelven: no hay tiempo que perder. Adentro.
Abrió con mano firme la puerta del aposento en que gemía don Fernando Garrote. El infeliz anciano, al comprender que sacaban arrastrado a su compañero, después de mutilarle, había sentido, como antes dijimos, un terror violentísimo que dio al traste con toda su entereza y varonil grandeza de ánimo. Extraviose su razón, dio voces, y cuando entró el sargento le habló como si fuera Salvador. Levantose del suelo en que yacía, y como loco corrió de un muro a otro buscando salida, y se aporreó las manos contra ellos, cual si a puñetazos pudiese horadarlos. La unción religiosa huyó de su mente: huyeron la resignación, la paciencia, la cristiana humildad, dejando tan solo el impetuoso instinto. Gritaba con desesperación:
—Jesús divino, ¡solo tú sabes padecer, solo tú sabes morir! Soy hombre y acepto la muerte; pero no el tormento, no la vergüenza, no el martirio, no las manos ni la saliva de la soez plebe en mi rostro, ni la ignominiosa cuerda en mi cuello, ni el filo villano de sus navajas en mi piel... ¡Piedad, misericordia, Dios mío! ¡No tengo valor! Soy una mujer, un pobre niño.
Con febril ansiedad, y aunque sabía que ninguna arma llevaba sobre sí, registró todos sus bolsillos y ropas, buscando un cortaplumas, una aguja, un alfiler con que darse la muerte.
—¡Nada, nada! —exclamó con desesperación—. Dios poderoso, ¿tan malo, tan perverso he sido?...
En aquel instante una claridad rojiza deslumbró sus ojos, y en medio de ella, como el ángel de una aparición divina, vio don Fernando Garrote a Salvador Monsalud. Sorprendido por aquella imagen que en el momento más angustioso de su vida se le presentaba, don Fernando cayó de rodillas.
—¡Eres tú, Salvador, hijo mío querido, eres tú! —exclamó desahogando con efusión su alma—. Vienes a salvarme... sí, sí. Tengo miedo: Dios me abandona, y no me permite morir con la dulce y tranquila muerte del buen cristiano.
—He tenido lástima —dijo Salvador con voz balbuciente— y he venido...
—¡A salvarme!... ¡Oh justicia! ¡Oh lección divina! —gritó vertiendo amargas lágrimas don Fernando Garrote—. ¡Has sido tú más generoso que yo! Sí, más generoso, querido hijo mío... Bien me decía el corazón que mi conducta era egoísta y mezquina. Salvador, por orgullo, por preocupaciones más fuertes para mí que la razón, por egoísmo, te oculté un secreto, cuya confesión debía ser para mí una deuda sagrada.
Salvador no comprendía nada, y pensando tan solo en el objeto de su visita, dijo: