El sargento soltó la carcajada de la insensibilidad aumentada por el vino, y alzando los hombros, repuso:

—¿Y qué?... ¿No les habían de matar de madrugada?... ¿Dónde están los oficiales? Si ellos no cumplen con su deber, ¿qué puedo hacer yo?

—¡Miserable! —gritó el joven con furia—. Si esos verdugos se hubieran empeñado en romper esa puerta antes de las doce, hora que salí de guardia, me habrían cortado a mí las orejas antes de tocar el pelo de la ropa a los prisioneros... Déjame entrar; queda ahí dentro un infeliz, que no morirá como mueren los cerdos.

El sargento y los suyos hicieron como que querían defender la puerta.

—¡Atrás! —gritó Monsalud—. Dame la llave de la prisión del sacristán.

Briosamente arrebató la llave de manos de carcelero.

—Monsalud —dijo el sargento, fingiendo la entereza de un hombre de bien—, ¿quieres salvar a ese hombre? Está más loco que don Quijote, y a todos los que entran a verle les llama hijos para que le pongan en libertad.

—¡Estúpido farsante! —repuso el joven—. ¿Te atreves a darme lecciones de disciplina, de honor y de obediencia, tú que has faltado a todas las leyes de la Ordenanza y de la humanidad?

—Lo digo —añadió el carcelero blasonando de decencia— porque para sacar de aquí el sacristán, pasarás sobre mi cadáver.

—¡Y sobre el mío! —repitieron los otros, alguno de los cuales no se podía tener de borracho.