—Pues yo —dijo Monsalud con resolución—, si encontrase quien se decidiera, arremetería contra esa chusma y les haría entrar en razón.

—Joven Temístocles —exclamó Jean-Jean—, menos fuego. ¿Pueden tus paisanos colgar de los árboles racimos de franceses, descuartizarlos, meterlos en los pozos y asarlos en los hornos, y nosotros no podemos ni siquiera desorejar a uno de tus desalmados curas y monagos?

—El honor de la Francia —dijo Plobertin— pide que se les fusile al momento.

—Pero sin martirizarles vergonzosamente —añadió con viveza Monsalud—. Si el rey lo sabe, castigará a los que le están deshonrando con esta algarada salvaje.

—En esto de mortificar a los guerrilleros y curas con pistolas —afirmó Jean-Jean—, yo digo como nuestro rey Luis XV de la antigua dinastía: Laissez faire, laissez passer. Conque a caballo, señor Monsalud, que marcha el convoy.

La confusión y el alboroto iban en aumento, y no había autoridad que mandase, ni voz alguna que contuviese a los desalmados. Fueron y vinieron algunos oficiales; pero sin desplegar la energía que el caso requería, porque acostumbrados a considerar a los guerrilleros como bestias malignas, toleraban los desmanes de la embriagada soldadesca, o al menos no se cuidaban de atajar una brutalidad que creían justificada por la salvaje fiereza de los partidarios.

La puerta cedió al fin, y los gritadores se precipitaron por ella dentro del edificio. Encontrábase primero frente a la puerta principal, otra más pequeña, que era la que daba ingreso a la celda del cura, y que, por ser endeble, fue brevemente echada al suelo de una patada. Pocos momentos después, el infeliz don Aparicio Respaldiza salía empujado y arrastrado por la soldadesca, mutilado el rostro, cubierto de sangre, abofeteado, injuriado, escupido. Medio muerto de espanto, encomendaba el desgraciado su alma al Señor, y en aquel momento angustioso, aquel hombre no exento de faltas, aunque tampoco perverso; mal sacerdote sin duda, pero antes por error y falsas ideas que por maldad, si tuvo la flaqueza de pedir misericordia a sus viles verdugos, luego que se vio arrastrado irremisiblemente al suplicio sin vislumbrar remedio, les perdonó a todos y supo morir como cristiano.

Llevole la turba a un campo cercano, donde algunos robustos árboles convidaban a colgar del alto ramaje el cuerpo del infeliz enemigo vencido, indefenso, y mientras se consumaba el sacrificio, se regocijaban con la idea de repetir la función en la persona del que llamaban sacristán, a pesar de que su aspecto no indicaba tan humilde oficio.

Monsalud, que desde el patio presenciaba la feroz escena, baldón del humano linaje, mas no por eso rara en aquella guerra, que tanto tenía de heroica como de salvaje, sentía en su alma violentísimo coraje y vergüenza. Al ver que llevaban al suplicio, ya mutilado y moribundo, al infeliz Respaldiza, acordose del otro preso; un vago sentimiento le agitó, sintió algo semejante a dulce recuerdo, o a esos misteriosos rumores del corazón que a veces gimen en los oídos de nuestra alma, sin que entendamos claramente lo que quieren decirnos. Inquieto y dominado por profunda aflicción, que no acertaba a explicarse, dirigiose a la rota puerta del edificio. Allí estaba el sargento poco antes encargado de la custodia de los prisioneros, y en compañía de dos o tres bárbaros como él contemplaba estúpidamente, con las manos juntas atrás y su pipa en la boca, el fúnebre via crucis del cura hacia el monte cercano.

—¡Bestia! —le dijo enérgicamente Monsalud—. ¿De ese modo guardas a los prisioneros?