—¿Pero aquí no manda nadie? —dijo el francés que respondía al nombre de Plobertin—. Esta canalla hará una atrocidad si la dejan.
—¡Que nos entreguen al cura, al cura! —gritaba la turba furiosa—. Al cura y al sacristán.
Y golpeaba la puerta, que a fuerza de porrazos comenzaba a resentirse.
—Aquí viene el capitán —dijo Jean-Jean—. Mandará dar veinte palos a los borrachos, y hará cumplir la sentencia.
Un capitán francés reprendió a los revoltosos su estúpida crueldad, amenazándoles con fuerte castigo; pero aquel, como los demás oficiales alojados allí, estaba en gran zozobra por causa más grave que las travesuras de algunos soldados ebrios, y regresó al lado de sus compañeros, dejando tras sí el tumulto.
—Vámonos por no ver esto —dijo Plobertin—. Parece que algunos carros se han puesto ya en marcha...
—Nosotros formamos a retaguardia —dijo Monsalud—; hay tiempo todavía.
—La gentuza vuelve a las andadas —indicó Jean-Jean—. La puerta no resistirá mucho tiempo más: no es esa la Zaragoza de las puertas.
—¡Que las paguen todas juntas! —afirmó otro individuo del respetable cuerpo de dragones—. Ese cura y ese sacristán son guerrilleros, que es como decir salteadores de caminos. Pues qué, ¿hemos de tratarles con mimo, después que ellos han asesinado a centenares de hombres pertenecientes, como quien no dice nada, a la nación francesa?
—¡A la nación francesa! —repitió el zapador Plobertin encendiendo su pipa—. La nación francesa pide venganza... La verdad es que el cura y el sacristán no merecen mis simpatías.