—¡Un tiro de cañón! —exclamaron unos.
—¿Hacia qué parte?
—Juro que es hacia Subijana.
—Hacia la Puebla.
Monsalud, participando de la general curiosidad, trató de sacudir el pesado sopor que embargaba sus sentidos.
—¡Una batalla!... ¿pues qué hora es?
—Quizás las avanzadas estén reconociendo alguna posición... Señores, mañana 22 será un día de sangre: lo dice Plobertin, que ha visto el sol de muchos días de batalla.
—Es desgracia que no podamos asistir a la gran acción que se prepara, señor Jean-Jean —dijo Salvador—, y que a hombres de tal temple se les destine a custodiar cofres y estuches.
—¡Oh, joven Epaminondas! —repuso con socarronería el astuto dragón—, no envidies a los que se han de cubrir de gloria en el día de mañana. Soldado viejo soy, y te juro que mientras más cruces gano para mí y más tierras conquisto para nuestro Emperador, más anhelo la paz. Marchemos tras los cofres y por el camino. Seamos galantes con las señoras que van en el convoy, recomendándonos a ellas como soldados de Friedland y de Essling; glorifiquemos a la Francia y bendigamos a Napoleón... por no habernos llevado a la campaña de Rusia.
Reinaba cierta inquietud entre la tropa que no había perdido el sentido con la embriaguez. Por otra parte, varios paisanos y bagajeros, y unos cuantos soldados franceses de la peor especie se habían cogido del brazo y recorrían parte del camino en burlesca procesión, gritando y cantando: algunos de ellos, que apenas podían tenerse en pie, eran llevados en vilo por sus compañeros. Luego que berrearon a sus anchas, insultando a las infelices señoras que aguardaban junto a sus coches la partida del convoy, tornaron al patio, y acercándose a la puerta que daba entrada a las habitaciones de los presos, la golpearon de tal modo con patadas y puñetazos, que a ser débil se quebrantara al instante hecha menudas piezas. La turba embriagada quería que le entregaran a los dos infelices prisioneros para anticipar el castigo impuesto por la superioridad militar.