—Sí, verás águilas por todas partes. Esos hoyos se llenarán de ellas, y la tierra no podrá guardar en su seno tantas insignias imperiales. A eso está destinado el poder de Napoleón. Europa no tiene bastante tierra para sepultar el inmenso cadáver... En cuanto a los infelices jurados, son los que menos lástima me inspiran. Oye bien lo que te digo, hija mía; oye la voz de un anciano patriota, español y cristiano: además del infierno que existe para toda clase de pecadores, ha de haber uno con tormentos extraordinarios de inapreciable horror para los que hacen traición a su patria y a sus banderas.
—¡Otro infierno! —exclamó la muchacha con espanto, a pesar de que diariamente oía parecidos conceptos.
—¡Otro! Allá en lo profundo, los condenados ordinarios no han de querer habitar con los renegados y traidores —dijo el hombre decrépito, silabeando enérgicamente con sus gruesos labios—. Los renegados venden a sus hermanos, entregan a la patria al enemigo para que este la despoje y la deshonre a su antojo, extirpando en ella la fe religiosa, faro del mundo y único consuelo de las buenas almas. El traidor en esta guerra, donde se discuten las dos cosas más sagradas, es decir, el rey y la religión; el traidor en esta guerra, digo, es el más vil instrumento de Satanás. Solo le igualan en maldad los que yo llamo traidores y renegados en el campo de la ley, o para que me entiendas mejor, los que por favorecer hipócritamente a Bonaparte, introducen en España caprichosas leyes a estilo jacobino, y constituciones, que son lazos tendidos a los pueblos por la herejía, por la licencia, por el democratismo, por la soberbia de los pequeños que quieren parecerse a los grandes, gritando y metiendo bulla... Pero Dios está con nosotros, hija mía. Dios es español.
—¡Dios es español!
—Dios, sí —añadió el viejo golpeando violentamente el suelo con su nudoso bastón—, y ya ves ahí los golpes de su mano protectora. Creo que, mediante la bondad divina y la espada del arcángel guerrero, el mal que aparece en nuestra leal España no tomará grandes proporciones. Abriranse muchos hoyos como ese, y esas bocas de la tierra española se tragarán a sus perversos hijos.
—¡Ay! —gritó la muchacha, temblando y agarrándose fuertemente al brazo de su abuelo—. Pero no es nada... nada, papaíto.
—¿Tienes miedo?
—No... —dijo la joven, reponiéndose de su sobresalto y turbación—, es que... no sé por qué me he estremecido toda y he sentido frío en el corazón al ver...
—¿Qué has visto? —preguntó el viejo deteniéndose.
—Todavía no han enterrado aquellas águilas, papaíto, aquellas águilas que brillan en los sombreros peludos, en las golas, y en las carteras, y en los botones... Sus alas abiertas, sus picos corvos, sus garras que aparentan un haz de rayos...