—¿Qué?

—Me dan miedo.

—¡Eres tonta! Adelante... Pero si no me engaño, ese que hacia aquí viene es nuestro amigo Carlos Navarro... Mira tú, a ver si me engaño...

Miraba hacia atrás la damita con la fijeza de una curiosidad vivísima. Su rostro había adquirido marmórea blancura.

—¿Por qué te detienes y miras hacia atrás? —gruñó el viejo sacudiendo el brazo—. ¿Dices que tienes miedo y miras, Jenara?... Te digo que observes si ese que se ha detenido junto a aquel cañón es Carlos Navarro, el hijo del desgraciado don Fernando Garrote.

—El mismo es —repuso Jenara observando.

—Vamos hacia él... ¡Pobre muchacho! Quizás no sepa todavía el desgraciado fin de su padre, asesinado en Aríñez por los vándalos.

Antes que nieta y abuelo llegasen junto a él, Carlos Navarro, que los vio, corrió a su encuentro. Su semblante estaba alterado por viva aflicción, y algunas lágrimas humedecieron sus ojos cuando tomó, para besarla, la mano del decrépito anciano, su amigo.

Vestía Navarro un traje que no era completamente militar, ni tampoco de paisano. Componíase de una blusa en cuyas mangas, a falta de charreteras, mostraban la arbitraria graduación del guerrillero galones diversos de plata y oro, puestos con arte y aun con cierta elegancia. Botas y espuelas muy finas eran distintivo de que guerreaba a caballo, y cubría la cabeza, no con los empinados morriones de la época, sino con una sencilla gorra verde de cuartel, primorosamente bordada de oro. La sofocación del día anterior, y la pesadumbre recientemente recibida, habían dado a su rostro un tinte violáceo y como enfermizo, que parecía aumentar el negror de sus fieros ojos, afilarle la nariz y hacerle más grande la frente. Había en su cuerpo la indolencia de la victoria un poco enfatuada; pero aun así, por su alta estatura, airoso porte y grave semblante, era una de las figuras de más atractivo que podían verse.

—Señor don Miguel de Baraona —dijo con voz conmovida—, ¿ha venido usted desde Vitoria a ver el campo de batalla y el gran convoy ganado?