—Sí —replicó con entusiasmo el anciano, encendido su corazón con fuego juvenil—, he venido a ver vuestros triunfos, vuestras glorias, jóvenes sublimes, jóvenes admirables, ¡hijos queridos de España y de Dios! Ven acá —añadió echándole los brazos al cuello—, ven acá, y déjame que te estreche contra mi corazón: abrazándote, creo abrazar a toda la España valerosa y cristiana. Me rejuvenezco, hijo mío. Que Dios te bendiga, que Dios te conserve. Tú y los tuyos sois instrumentos de su bondad divina, sois la imagen humana de su brazo omnipotente. Seguid en vuestra gloriosa, en vuestra santa tarea de limpiar esta cizaña, que no os faltará quehacer en algún tiempo, porque el mal se ha desatado en España y vendrán días de sangre... Ya sé por qué estás tan afligido, hijo mío; ya he sabido por unos jurados prisioneros que fueron anoche a Vitoria, la inmensa desgracia...
—¡Mi padre!... —exclamó Carlos cubriéndose el rostro con las manos.
—Tu padre, tu excelente padre —dijo Baraona—. Don Fernando Navarro, el gran caballero cristiano de Treviño, el hombre de ideas sólidas, el español puro, ha sido asesinado por los traidores... Lo sé, y he llorado al patriota y al amigo. También sé que murió el pobre Respaldiza.
—¡No esperaba esta desgracia! —murmuró con desaliento Navarro secando sus lágrimas—. Confiaba en Dios; me sentía protegido por la divina mano, y al ver el heroísmo de mi padre, su firme propósito de pelear por la patria y por la Iglesia, creía yo que el Señor no podía abandonarle en manos de los facinerosos.
—¡Oh! ¿Sabemos acaso sus designios profundos? —dijo con buena entonación Baraona, señalando con su palo el firmamento inundado de luz—. Hijo mío, oye bien lo que te digo, que es la voz de un patriota y de un español puro, sin mancha de afrancesamiento. Además del paraíso que Dios destina a los elegidos, ha de haber otro paraíso mejor para estos mártires de la patria, para estos defensores de los grandes principios, para estos que en primera línea han peleado por la esposa de Jesucristo, para estos a quienes debe la sociedad su fundamento, para tu virtuoso y santo padre, en fin.
—¡Otro cielo! —murmuró Jenara pensativa.
—¡Has perdido a tu padre! —prosiguió Baraona con efusión, estrechando de nuevo al joven entre sus brazos—. En mí tendrás otro desde hoy. Carlos Navarro se arrojó en los brazos del anciano, ocultando en el hombro de este su rostro inundado de llanto.
—Hace tiempo que tu buen padre me habló de un dulce proyecto que me agradaba en extremo, Carlos —dijo el viejo mirando alternativamente a su nieta y al joven guerrillero—. ¿Sabes lo que quiero decir? Tú mismo me has manifestado de una manera indirecta la noble afición que te inclina hacia mi familia. Carlos, hijo mío, que este día de gloria, aunque triste para ti, lo sea también de contento para los tres que aquí estamos.
Jenara se puso como una amapola.
Contra lo que Baraona esperaba, Carlos no hizo demostración alguna de contento. Mirando a Jenara con tristes ojos, dijo: