—Jenara no me quiere.
—¡Que no! ¡Mal pecado! —gruñó el viejo mirando con asombro a su nieta, que callaba—. Jenara, recuerda lo que me dijiste la noche en que salimos de la Puebla... Pero, hijos míos, vosotros os entenderéis. No es propio de mis canas intervenir como mediador de galanteos. Carlos, ven con nosotros. Tú tienes cara de no haber comido en tres días; yo y mi nieta no hemos tomado cosa alguna después del chocolate; pero como pensamos pasar aquí gran parte del día, trajimos una no despreciable refacción. Vamos allá... ¿En dónde dejamos el coche, Jenarilla? Ya... ahí; hacia aquellos olmos. Ven, Carlos; allí nos espera el señor canónigo de la colegiata, don Blas Arriaga, el capellán de las monjas de Santa Brígida y mi primo el secretario de la Inquisición. Despáchate; si tienes algo que decir a tus amigos, acaba pronto; pero no convides a ninguno, porque nos quedaríamos a media ración... La merienda no es mala: viene alguna carne fiambre, lengua y una pavita. Las monjas añadieron bollos y limoncillos, y el canónigo trajo lo mejor de su bodega... Pues parece que no y tengo hambre. Este aire del campo, el regocijo de este día... En marcha, en marcha, pues.
Dirigiéronse los tres hacia el lugar donde esperaba el cochecito. En los lugares más apacibles del vasto campo, veíanse algunas meriendas sobre la verde yerba, pues los vitorianos hicieron festivo aquel día, tomando la visita al campo de batalla como una especie de romería, en la cual no podían faltar ni el buen vino, ni las buenas tajadas, ni la noble expansión euskara.
Jenara y Carlitos marchaban silenciosos; pero por los tres hablaba don Miguel de Baraona, siendo tal su alborozo que desde lejos empezó a agitar el palo, llamando con su cascada voz a los tres personajes que antes mencionara, y que vagaban por aquellos contornos. Antes de que todos los comensales se reunieran, pasaron Baraona y la nieta por el mismo paraje donde poco antes infundieran a esta tanto miedo las águilas de los insepultos jurados.
—¿Otra vez tiemblas? —le dijo el abuelo observando que la muchacha palidecía—. ¡Qué medrosa eres!
—Jenara no puede tener miedo a los muertos —afirmó Carlos con aplomo—. Jenara es una mujer valerosa.
—¡Ay, no vayamos por aquí! —exclamó la joven soltando bruscamente el brazo de su abuelo: he visto, he visto...
—¿Qué has visto?
—Ya están dentro del hoyo —dijo Baraona acercándose al grupo de gente que rodeaba la ancha sepultura—; pero falta echar tierra, mucha tierra encima.
Jenara, a pesar de su agitación, en vez de huir, acercose resueltamente al hoyo, y allí permaneció fija, inmóvil, con la vista clavada en aquella hondura donde yacían revueltos y en extrañas posturas los cuerpos arrojados dentro. Observolos a todos y a cada uno con atención profunda: ni lloraron sus ojos, ni perdió su semblante aquel grave ceño estatuario que la asemejaba en tal escena a una diosa antigua recibiendo la ofrenda de sangre humana vertida en aras de su orgullo.