—Abuelo, ya ves cómo no tengo miedo a los muertos —dijo al fin—. ¿Y tú?

—Ven, ven acá, tonta, tontísima —gritó el abuelo.

Los que contemplaban el fúnebre espectáculo se descubrieron, y empezó a caer tierra dentro.

—Dios manda que se rece a los muertos y se perdone a los que nos han ofendido —dijo gravemente Navarro descubriéndose también al pasar junto al hoyo, y contemplando los fúnebres despojos que dentro había—, pero no puedo mirar sin encono vuestro uniforme. Si tuvisteis parte en la muerte de mi padre, ¡malditos!, que Dios os condene eternamente, y sean vuestros tormentos superiores a todo lo que puede imaginarse.

Dicha esta imprecación, que denotaba las violentas pasiones del alma de Carlos Garrote, hizo la señal de la cruz y se unió a Baraona, que ya estaba algo distante, junto a su nieta. Cuando llegaron bajo los olmos, ya el canónigo de la colegiata, el capellán de las monjas y el secretario de la Inquisición revolvían la cesta de los fiambres.

XXVI

Aquella a quien oímos primero junto a la empalizada de una huerta de la Puebla de Arganzón, y acabamos de ver y oír ahora mismo al borde de una sepultura, era una muchachuela bonita, de apariencia delicada y casi infantil. Recordaba normalmente su fisonomía la de aquellas vírgenes a quienes figuran los pintores tocando el laúd y a veces el violín en los místicos conciertos del cielo, entre aperladas nubes que hacen resaltar el oro de sus cabellos y la beatífica seriedad de sus labios sin sonrisa, pues el arrobamiento y el canto las ponen graves como doctores. Jenarita o Generosa, a pesar de su belleza virginal, tenía en ocasiones un ceño algo sombrío y un modo de mirar que no indicaba la diafanidad o, mejor, el perfecto equilibrio de espíritu de un ángel celeste. Gravemente meditaba, y aunque su semblante era de esos que en otros caracteres y en la misma edad están siempre mirando a todos lados, aunque no vean más que el vuelo de las moscas, ella parecía estar dispuesta a no ocuparse nunca de cosas pequeñas. Las moscas que ella miraba no las veían los demás.

La fisonomía engaña casi siempre, y bajo aquel semblante, que recordaba a la espigadora Ruth o a la organista Cecilia, se escondía una culebrita graciosa que halagaba enroscándose, un carácter vehemente que a la edad de diecisiete años vivía atormentándose a sí mismo con aspiraciones locas, con entusiasmos delirantes, con deseos no bien definidos o que variaban a cada hora. El reptil a sí propio se mordía por no haber encontrado todavía en quién cebarse, y con la cola se azotaba la cabeza. Impresionable hasta un extremo casi inverosímil, lo que a otras entristecía a ella la ponía furiosa; lo que a otras daba gozo, infundía en aquesta una fiebre de júbilo que necesitaba un pesar para calmarse. Sus sentimientos, siempre en lucha, se manifestaban de improviso y de una manera torrencial y borrascosa. Cualquier accidente externo, impresionándola como impresiona el rayo, podía hacerlos cambiar en un instante.

Sus ideas eran, sin embargo, exclusivas y fijas; ideas asimismo oscuras y extravagantes sobre la vida y la sociedad, pero arraigadas tenazmente. Tenía la terquedad de su abuelo, hombre de granito, una especie de montaña humana, formada con los seculares yacimientos del ideal de la autoridad, y que no podía henderse ni desmoronarse, ni dejar de ser montaña. Carecía Generosa de la fácil ternura que parece propia de una complexión delicada, y cuando este dulce sentimiento aparecía en ella, era enteramente superficial y simulado. Finalmente, no le faltaban dotes de inteligencia, siempre que no se tocase a las preocupaciones o a las ideas que en su consistencia geológica eran base de la familia.

Todo esto lo veremos más adelante, porque esta hermosa bestiecita, esta mujer linda y profunda, este hermoso vaso lleno de tempestades, y que, conteniendo el océano, parece una redoma de peces, ocupará lugar muy importante en las historias que van a leerse, y a las cuales sirve de prefacio la siguiente.