Sentados todos, y tendido el mantel, la cesta dio de sí todo lo que tenía, y empezó la comida.

—Es preciso sobreponerse a la tristeza que esos desagradables sucesos hayan podido ocasionar a alguno de los presentes —dijo el viejo Baraona, descuartizando la pava, mientras el capellán de las monjas de Santa Brígida aplicaba su nariz a la boca de las botellas para ver si era justa la fama de las bodegas del señor canónigo.

—Basta de melancolías, Carlitos —indicó el secretario de la Inquisición—. A lo hecho pecho, y cuando las cosas no tienen remedio...

—Dejadle que se desahogue y llore la muerte del más insigne caballero de este país —ordenó con énfasis Baraona, partiendo en lonjas la lengua de vaca, sin dar ni por un momento reposo a la suya—, de aquel modelo de patricios, de aquel hombre cuyos sanos principios en todo lo relativo al gobierno de estos reinos, eran admiración y enseñanza de cuantos le oían.

—Grande y ejemplar varón ha perdido España, no puede dudarse —añadió, elevando los ojos al cielo, el capellán de Santa Brígida, tranquilizado ya respecto a los títulos de celebridad de las bodegas de su amigo—. Le lloraremos toda la vida los que conocimos su caballerosidad y aquella noble entereza de principios.

—Su muerte —dijo Baraona llenando los platos de los demás— debe quedar en la memoria de los buenos hijos de España como un recuerdo santo. Ha sido el mártir de esta gloriosa fe del patriotismo cristiano, del patriotismo cristiano, señores, entiéndase bien. Siempre habrá distancia inconmesurable entre lo que yo llamo el patriotismo cristiano y esa gárrula palabrería de los que se llaman patriotas en Cádiz y en Madrid.

—Los que nos llaman serviles, señor don Miguel —indicó el capellán.

—Tan infame mote —afirmó Baraona frunciendo el ceño y apretando el puño— será escrito con sangre en la frente de los que lo inventaron. ¿No es verdad, Carlitos?

Carlos, profundamente abstraído, ni comía ni contestaba sino con ligeras inclinaciones de cabeza.

—¿Saben cómo les llamo yo? —dijo Baraona con violenta cólera y dando fuerte golpe en la tierra con la botella que en su mano tenía—. ¡Pues les llamo negros!