Negros —repitió Jenara con súbito arranque de jovialidad que contrastaba con su anterior tristeza—. Pues sea: beba usted, señor capellán; beba, señor canónigo, y usted, señor secretario.

Y tomando la botella de manos de su abuelo, a todos repartió porción bastante a humedecer los secos paladares.

—¿Y usted no bebe Generosita?

—¿Yo?... una miaja... menos, mucho menos, señor capellán: con medio dedo me basta —repuso la muchacha levantando el vaso, para impedir que el capellán lo llenase todo, como quería.

—Y aún me parece mucho —indicó Baraona—. A ver, Carlos, tu vaso.

—Ahora —dijo la doncella con animado semblante— alcen ustedes los vasos y beban a la salud de toda la gente blanca.

Tan entusiasta proposición, dicha con arrebatadora voz, con gran viveza en los ojos, con una sonrisa celestial que descubrió los blancos dientecitos de la víbora entre el coral de sus frescos labios, y acompañada de un gesto gracioso con brazo y mano derecha, produjo mágico efecto entre los comensales. Gritaron todos, y una aclamación recorrió aquellos campos de tristeza.

—Las mujeres —dijo Baraona— tienen el don de expresar las ideas con gracia incomparable y en forma que las hace inteligibles a todo el mundo. A la salud de toda la gente blanca; a la salud de la patria libre de franceses y de ideas francesas; a la salud de la religión de nuestros padres, de nuestras santas y morigeradas costumbres, de nuestra inmutable y siempre gloriosa España, que desafía a los siglos y sobre la cual pasan y pasarán los negros innovadores, como hojas de otoño que se lleva el viento.

Amén — murmuró el capellán.

—El pobre Carlitos no come —dijo el canónigo—. No debe uno dejarse dominar por el dolor. Hay que hacer un esfuerzo... Aquí donde me ven, aunque parece que tengo apetito, no es verdad, y necesito vencerme y luchar conmigo mismo para pasar cada bocado... Me ha ordenado el doctor que coma, y aunque es para mí un suplicio, lo acepto, porque Dios manda que se conserve la salud del cuerpo.