—Vamos, otro esfuercito —dijo el capellán de monjas, poniendo un pedazo de pechuga en el plato, ya dos veces vacío, del inapetente canónigo.

—Carlos, hay que ser juicioso —indicó Baraona—. Jenara, te encargo que no dejes morir de hambre a nuestro heroico guerrillero.

Jenara empezó a poner en práctica el encargo, y Carlos dejábase seducir poco a poco.

—Yo me hago cargo de su tristeza —dijo el secretario de la Inquisición, a quien los médicos no habían recomendado que hiciese esfuerzos para comer—. El recuerdo del noble mártir que ha subido al cielo...

—¡Oh, sí! —exclamó Baraona, acudiendo en auxilio del capellán de monjas, que se había quedado ya sin pechuga y sin lengua—. La imagen funesta no se apartará de su mente en mucho tiempo, y más vale que así sea, señores, para que no pierda los bríos ni el indomable furor de venganza que le impulsa a combatir...

—¡Es verdad!

—La muerte de nuestro valiente y caballeroso amigo —continuó el anciano— me ha inspirado una idea que voy a comunicar a ustedes.

A excepción del capellán de monjas, que hacía estudios anatómicos en el esqueleto de la pava, todos los presentes dieron reposo a los dientes para escuchar al respetable patriarca de las montañas alavesas.

—En lo sucesivo, señores —dijo este con grave y profético tono—, y atendidos los síntomas de discordia civil que presenta España por el insolente jacobinismo de los negros, los buenos españoles debemos adorar fervorosamente dos cruces.

—¡Dos cruces! —exclamó Jenara.