—¡Dos cruces, sí! La cruz religiosa, aquella en que Dios se dignó morir para redimirnos del pecado, aquella que desde niños adoramos, aquella que nos hicieron besar nuestras madres en la cuna, y además esta otra cruz del sentimiento patrio, en la cual ha muerto nuestro buen amigo, el incomparable, el santo entre los santos guerreros, don Fernando Garrote, acompañado del buen cura de la Puebla. Esta cruz, que como instrumento de ignominia han alzado los franceses, los renegados y los traidores, será para nosotros, como la otra, lábaro sacrosanto que llevará a la juventud a la gloria. Murió don Fernando en ella: clavole un clavo la traición, otro la deslealtad, otro la herejía. Expiró coronado con las espinas del democratismo, y pusiéronle el Inri de las ideas jacobinas, que, después de todo, son las ideas que han traído aquí el escándalo y las que aceptaron los afrancesados y quieren imponernos los llamados liberales... Señores, donde hay mártires, hay religión; donde hay cruz, hay fe. Adoremos esa cruz; llevémosla en nuestro corazón juntamente con la otra, de la cual es como un reflejo; adorémoslas a las dos, pues las dos deben ser nuestro norte y nuestra luz. ¡Religión! ¡Patria! —añadió con majestuoso, inspirado acento—. ¡Sois dos nombres, y, sin embargo, no sois más que una sola idea, una idea inmutable, eterna, fija como el mundo, como Dios, del cual todo se deriva! ¡Religión! ¡Patria!... ¡Sois dos luces espléndidas, cuyo fulgor no puede apagarse, ni tampoco cambiar como las chispas de una fiesta de pólvora! ¡Una y otra fe tenéis dogmas eminentes, que la arrogante ciencia del hombre no puede variar: una y otra fe tenéis la inmutable condición del pensamiento divino que os ha creado! Sois lo que sois, y no podéis ser otra cosa. En vuestro sagrado catecismo la mano audaz del filósofo no puede hacer la menor variación ni mudar una sola letra. Sois como el firmamento inmenso, a donde no puede llegar la mano del hombre para quitar o poner una sola estrella.
—¡Bendito sea el insigne patriarca que tales cosas piensa y tales maravillas dice! —exclamó con efusión de sensibilidad y entusiasmo Carlos Garrote, besando las manos del viejo Baraona—. ¡Esas dos cruces grabadas están en mi corazón, la una sobre la otra! Me preservaron contra las armas de los traidores y de los vándalos, y me preservarán contra toda clase de enemigos.
El capellán de monjas, no pudiendo contener su entusiasmo, abrazó tiernísimamente a Baraona, y el secretario de la Inquisición abrazó a Garrote. Era una manifestación general de sentimientos patrióticos.
—Carlos —dijo la niña al joven guerrillero cuando la borrasca de los abrazos pasó—, en Vitoria nos dijeron que habías hecho cosas admirables en la batalla de ayer. Cuéntanos algo de eso.
—Sí, que nos cuente sus heroicidades. También he oído hablar de ellas —indicó el canónigo.
—Al instante... ¡fuera modestia! —exclamó Baraona.
Por tan distintos ruegos apremiado, trató Carlos de vencer su amarga tristeza, y cediendo principalmente a las súplicas de Jenara, que le cautivaban el alma, empezó a contar varios sucesos del día anterior, dando la preferencia a los que había presenciado, siendo actor en ellos; pero al nombrarse a sí propio, lo hacía con gravedad y modestia, no ensalzando sus acciones, sino antes bien rebajándolas para no aparecer vanidoso. En la relación ponía gran arte, para que se revelara su mérito sin dejar de ser modesto, y, siéndolo, su persona aparecía en ellos rodeada de brillante aureola.
Oíanle todos con atención profunda, y Jenara con arrobamiento. Fijos sus ojos en el rostro del guerrillero, parecía que anhelaba leer en él sus ideas antes que fueran expuestas por la palabra. El relato fue muy largo, pero interesante y conmovedor, siendo muy del gusto de todos los allí presentes, que no perdieron ni una sílaba. El único que no se mostró excesivamente interesado por las glorias nacionales, fue el capellán de monjas, que, cerrando los ojos con beatífica tranquilidad, se quedó dormido.
Concluida la narración, Baraona habló de retirarse a Vitoria; pero los demás fueron de opinión que se durmiera la siesta al amparo de aquella hermosa olmeda, y así lo hicieron los cuatro personajes, quedándose en vela Jenara y Carlos. Largo tiempo transcurrió en conversación muy íntima y cordial, en la cual hubo, al parecer, confidencias, declaraciones, riñas, arrepentimientos, promesas, y qué sé yo... todos los dulces amargores de un amoroso diálogo. Al fin despertaron los durmientes, siendo el capellán de monjas el más pesado para volver en su acuerdo. Caía la tarde, y empezaron a recoger todo; mas aún no se habían levantado, cuando apareció ante ellos una señora de buena presencia, vestida con heterogéneas ropas, de una manera tan singular que más parecía tapada que vestida. Su semblante indicaba zozobra, inanición y reciente llanto. Parecía persona de calidad, y al punto comprendieron Baraona y sus amigos que era una víctima del día anterior.
—Señores —dijo—, siendo españoles, deben de ser caritativos...