—Así es, en efecto, señora —repuso Baraona.

—Y siendo caritativos, ¿tendrán la bondad de darme algo de lo que de su merienda les ha sobrado?... Soy una infeliz víctima del saqueo y rapiña de anoche, a pesar de no ser afrancesada y encontrarme en el convoy por casualidad...

—Ello podrá ser cierto —dijo el secretario de la Inquisición con malicia—, pero también podrá no serlo.

—Por casualidad, sí... He sufrido el despojo sin culpa —continuó la afligida dama, llorando—. Soy una persona principal que se ve en la triste necesidad de pedir limosna para vivir. Allí, tras aquellas cajas vacías, con las cuales hemos hecho una especie de barraca, está mi esposo, alcalde de la ciudad de Bailén cuando la batalla, y mi amadísimo hermano, seminarista hasta hace poco, y después guerrillero en las guerrillas del Fraile, hasta que una enfermedad le obligó a dirigirse a Francia...

—Oh, señora —dijo el canónigo—, no es preciso que usted nos cuente la historia completa de sus parientes. Persona principal y decente parece usted. Deploramos la casualidad que motiva su desgracia. Caritativos somos, y no restos de nuestra comida, sino algo entero que debe quedar en la cesta le daremos... Jenarita, lléveselo usted.

La dolorida, sin poder contener sus lágrimas, no cesaba de repetir:

—Gracias, gracias, generoso señor.

—Ya podía esta señora vestirse de otra manera —dijo sonriendo el capellán al oído del canónigo—. ¿No es verdad que tal traje no es propio para ponerse delante de eclesiásticos?

Jenara se levantó para dar a la desconocida cuanto quedaba en la cesta.

—Hija, ve con ella y mira si tienen necesidad de algo de ropa —dijo Baraona—. Juraría que esa señora ha dicho verdad, y que no es afrancesada, sino rancia española... Carlos, acompaña a mi hija.