—¿Quién es, quién va? —dijo Navarro con turbación, en el breve momento que tardó en conocer la sombría figura que tenía delante.
—Defiéndeme —gritó Jenara dando diente con diente—. Ese hombre me quiere matar.
El aparecido no había hecho movimiento alguno. Llegose a él Navarro, dejando atrás y a regular trecho a la atemorizada joven, y le observó con calma.
—¡Ah!... es Monsalud... poca cosa, poca cosa... No temas, Jenara... Esto ni pincha ni corta... A fe que no esperaba verte, Salvador. Creí que habías muerto.
—Hubiera hecho muy mal en morirme —dijo Monsalud— sin cobrar una deuda que tengo contigo.
—¿Conmigo?... ¡ah, ya! —añadió Navarro flemáticamente—. Cuando quieras... ¿Era para ti para quien pedía esa mujer, llamándote seminarista y guerrillero del Fraile?
—¿Qué dices? —preguntó Monsalud, ajeno a las jerarquías inventadas por doña Pepita.
—¡Que eres un farsante, un embustero! —exclamó Navarro perdiendo la serenidad.
—Sí: un embustero, un farsante —repitió Jenara alejándose más.
—Pero observo aquí la mano de Dios —añadió Carlos con petulancia—. Con tu disfraz y tu cambio de nombre te has ocultado de todo el ejército, pero no te has ocultado de mí.