—Es verdad —dijo Monsalud con enérgica ira—. Pues aquí me tienes. Puedes delatarme, denunciarme, llevarme arrastrado por los cabellos a donde tus salvajes amigos están haciendo cuentas por ver si algún jurado se escapó de la carnicería de anoche. Yo me salvé; pero ahora te proporciono ocasión de ganar un elogio, quizás un grado... Anda, llévame; di que me has descubierto, que me has cogido, y quizás te den un cigarro.
—Si yo fuera tú, te delataría... —dijo Navarro dando un paso hacia adelante—. Puedes vivir y engañar hasta dentro de un rato... Pero me olvidaba de que te hemos traído de comer.
Navarro, recogiendo del suelo lo que había caído, lo arrojó a los pies de Monsalud, que no hizo ademán alguno, dando a entender que no recibía limosna.
—¿Hasta dentro de un rato? —dijo Salvador—. ¿Por qué no ahora mismo?
Doña Pepita, atraída por las voces, presenciaba la singular escena sin comprender una palabra; mas no se le ocultaba que allí había peligro para Monsalud, y llegándose al otro, le dijo con amargura:
—Señor militar, no delate usted a mi pobre hermano... No, ¿para qué mentir? No es mi hermano, es mi amigo... Es un muchacho honrado y leal. Ya que escapó, déjele usted vivir.
Una figura macilenta y oscura se arrastraba a cuatro pies por el suelo, semejándose por la oscuridad de la noche a un gran perro de Terranova. Era el oidor, que recogía los restos de la comida.
—¡Yo delatar! —exclamó Navarro—. Señora, esté usted tranquila. No haremos ningún daño a su...
—A su amigo —murmuró Jenara acercándose al grupo y clavando sus ojos con ansiedad profunda en el semblante de la desconocida señora.
—No le haremos ningún daño —añadió con ironía Navarro, tomando la mano de Jenara, como para retirarse con ella—. Pero el amiguito se muere de hambre y de miedo: cuídele usted.