Volvieron la espalda Navarro y Jenara. Después de una breve disputa con doña Pepita, Salvador se separó de esta para seguir a los prometidos esposos.

—Detengámonos —dijo Navarro a su presunta consorte—. Viene detrás, y puede herirnos por la espalda.

—¡Pero aquella mujer, aquella mujer! —exclamó Jenara apretando los puños y temblando de ira—. ¿La viste? ¿Has oído insolencia igual? ¿Pues no dijo que era su...?

—Su cortejo... Salvador es muchacho de muy malas costumbres.

—¡Qué vergüenza! —añadió Jenara con la exaltación propia de su carácter en determinadas ocasiones—. ¡Oh! Navarro, no tienes alma... ¿Por qué no abofeteaste a esa infame mujer?

Baraona y los tres amigos, viendo la tardanza de los dos jóvenes, se adelantaban a su encuentro.

—Vamos, que es tarde. A prisa, niños... ¿qué habláis ahí...? ¡Como si no tuvierais tiempo de charlar hasta que se os seque la lengua!...

—A prisita, a prisita —dijo el capellán, arropándose con su manteo—. La noche está fresca.

—Ya se ve... Como ellos están en la flor de su edad y conservan todo el calor de la vida... —murmuró el canónigo con cierta expresión envidiosa.

Jenara y Navarro llegaron al fin.