—¿Qué tienes, hijita? —dijo Baraona advirtiendo mucho trastorno en el semblante de su nieta.

—No es nada —replicó Carlos—. Hemos visto escenas muy lastimosas en la barraca. ¡Cuánta desgracia y miseria en este triste campo, señor Baraona!

—Sí, lo comprendo; pero la guerra es guerra.

—La guerra tiene que ser guerra, es claro —repitió el capellán.

—Pues es claro: ¿qué ha de ser la guerra sino guerra? —murmuró el canónigo.

—Evidentemente la guerra es y será siempre guerra —añadió el secretario de la Inquisición.

—Al coche, pronto al coche.

Un vehículo, del cual no se podía decir fijamente si era coche o catedral, se acercó al sitio donde estaban los amigos.

—Carlos, supongo que no podrás venir con nosotros —indicó Baraona, subiendo penosamente con el auxilio de un criado.

—En efecto, no puedo...