—¡Ah! no había visto a esa persona que te acompaña: buenas noches, señor.. —dijo don Miguel saludando a Monsalud, el cual, siguiendo a Carlos, había quedado a cierta distancia.
—Es un amigo a quien casualmente acabo de encontrar.
—¡Ah!, muy señor mío... —dijo Baraona.
—Por muchos años... —gruñó el capellán.
—¡En marcha, en marcha! —exclamó el canónigo.
—Hasta mañana —dijo Navarro a Jenara cuando subía y se internaba dentro de la máquina—. Hasta mañana.
Jenara miraba hacia fuera con estupor.
—¿No me contestas? Te he dicho que hasta mañana —añadió Navarro ofendido de la profunda abstracción de su futura esposa.
—¡Si Dios quiere! —repuso al fin Jenara.
Y el monumental coche partió arrastrado por poderosas mulas.