XXVIII

Ya estamos solos —dijo Navarro a Monsalud.

—Ya estamos solos, y en lugar a propósito —repuso Salvador—. Podemos alejarnos del camino. La noche está oscura...

—¿Qué armas tienes?

—Ninguna. Dame la que quieras.

—Renegado —exclamó Navarro—, estamos en el campo del convoy. Aquí dejaste tu vestido para ponerte el que llevas, aquí han de estar tus armas.

—Escondidas bajo tierra —repuso Salvador con desaliento—; pero si me fuera en ello la vida, no sabría encontrar entre tanta confusión el sitio donde las pusimos.

—Salvador —gritó el guerrillero con ira—, si de esa manera piensas evadirte de tu compromiso...

—No me insultes, no eches más ignominia sobre mí —dijo Monsalud con emoción profunda, y antes que colérico, conmovido y sin aliento—. Soy un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Si no tienes lástima de mí, guárdame al menos la consideración que merece el infortunio... ¿Me aborreces? ¿Te estorbo? ¿Te soy odioso? ¿Te molesta que viva? ¿Te mortifica que respire el aire que Dios hizo para todos? Pues delátame, denúnciame... Marcha delante y te seguiré.

—¡Qué miserable cobardía! —exclamó Navarro, acompañando sus palabras de un enérgico gesto—. Si tienes miedo, si quieres renunciar a tu compromiso, dilo, y no me llames delator.