—Vamos a donde quieras —murmuró Monsalud dando algunos pasos—. Nada te costará buscarme el arma que más te guste.
—Vamos —repitió Garrote.
Ambos dieron algunos pasos: Navarro, decidido, impetuoso, resuelto; Salvador, indolente, desmayado... Pasaban junto a un árbol próximo a la cerca del camino, cuando el infeliz renegado apoyó sus brazos en el tronco y echó la cabeza hacia atrás, diciendo:
—No puedo más... me muero...
Sus piernas se aflojaron y cayó de rodillas. Ni la energía de su alma, ni la emoción que en aquel momento sentía, ni la presencia de su enemigo, que renovaba en él odios implacables, podían vencer el desmayo de su cuerpo, en el cual apenas había entrado algún mezquino alimento durante cuarenta y ocho horas.
—¿Qué mimos son esos? —preguntó Navarro.
—Me muero... —murmuró Salvador—. Si tienes prisa y quieres acabar pronto, saca tu espada y atraviésame. No puedo vivir; no tengo ánimo para defenderme.
La extremada palidez y extenuación del desgraciado joven no se ocultaron a su enemigo. Navarro comprendió cuán indigno sería provocar a duelo a un moribundo. Compasivo y generoso, acercose al joven, y echándole ambos brazos al cuerpo, le levantó.
—Vamos, no has comido hoy —dijo—. Debí empezar por lo primero... mas para todo hay tiempo. Ven conmigo.
Monsalud se dejó levantar y conducir maquinalmente, apoyado en el brazo de su rival. Así anduvieron largo trecho, despaciosamente y sin hablar palabra. Parecían dos tiernos amigos, dos cariñosos hermanos, de los cuales el fuerte sostenía y amparaba al débil. Nadie al verlos hubiera dicho que entre ellos y en torno a ellos, envolviendo sus hermosas cabezas con fúnebre celaje, flotaba el fantasma horroroso de la guerra civil. Caía la frente del uno sobre el pecho del otro, se enlazaban sus manos, se confundían sus alientos; pero no había ni la más mínima porción de afecto en aquel abrazo de muerte. Quizás el aborrecimiento mismo impulsaba al fuerte a ser generoso; quizás la propia causa impulsaba al débil a ser condescendiente.