Llegaron a una gran barraca, improvisada con cajas y lienzos, de la cual salía humo, mucha bulla, y un olor fuertísimo a aceite frito y a guisotes de campaña. Los dos jóvenes entraron. Soldados y guerrilleros bebían y comían allí, sin dar reposo a la lengua un solo momento. Entraban o salían atropelladamente, trayendo y llevando víveres y pellejos de vino.

Monsalud se dejó caer en el suelo, mientras Navarro decía, dirigiéndose a uno de los más alborotadores:

—Roque, da de comer y de beber a este amigo.

Fijáronse todos en la abatida persona de Monsalud, que parecía moribundo.

—¿Es jurado? —preguntó uno.

—Es un hermano del cura de Nájera; es mi amigo —repuso Navarro—. Iba a Francia, cuando tropezó con el convoy y me le dejaron como le veis... ¡Eh, señor Soldevilla! —añadió sacudiéndole a Salvador por el brazo—, ahora se pondrá usted como nuevo... Désele primero un buen vaso de vino.

—Mejor es un par de tajadas... —indicó un guerrillero que era riojano y conocía al señor cura de Nájera—. ¡Por vida de...! Conozco a todos los Soldevillas de Nájera y de Cameros, y juro que esa cara no es de ningún Soldevilla de aquella tierra... Como que yo conozco esa cara.

—Y yo también —añadió otro del mismo estambre.

—Y yo.

—Despachaos, pedazos de plomo —gritó Navarro, sentándose resueltamente al lado de su enemigo, con objeto de evitar cualquier ofensa que pudiera hacérsele...