Para disipar las sospechas de sus camaradas o hacerles entender que estaba decidido a defender al infeliz jurado, entabló con él familiar diálogo en esta forma:

—Eso pasará pronto, amigo Soldevilla. Buena suerte fue para usted tropezar conmigo, que le asistiré en cuanto sea menester, y le protegeré, aun a riesgo de mi vida, contra todo aquel que intentara hacerle daño.

—Gracias, muchas gracias —dijo Monsalud, bebiendo con febril ansiedad en una taza que le presentaron.

—Tengo que comunicar a usted una triste noticia, y es que mi excelente padre, el señor don Fernando Navarro, amigo de su familia de usted, ha sido asesinado por los infames renegados.

—¡Asesinado! —repitió sordamente Monsalud, engullendo el pan y las magras que le dieron—. ¡Infeliz suerte!... Quizás no moriría de esa manera.

—Sí; pero los viles que pusieron la mano en aquel hombre insigne no vivirán mucho tiempo —dijo sofocadamente Navarro ofreciendo a Monsalud un vaso de vino—. Revolveré la tierra por encontrarlos, y uno a uno caerán en mis manos, de las cuales pasarán al infierno.

—¡Al infierno! —balbució Monsalud—; gracias, gracias, señor Navarro; voy recobrando la vida. ¡Ah!, pero ahora recuerdo... oí hablar de usted... Sí; antes que cayésemos en poder de los ingleses trabé conversación con un joven jurado. Díjome que el señor don Fernando se había dado a sí mismo la muerte por no caer en manos de la vil canalla, que, después de sacrificar ignominiosamente a cierto clérigo, quería martirizarle a él de la misma manera.

—También me lo han dicho así.

—Y el joven que me habló de este asunto, amigo Navarro, añadió que él mismo, después de prestar varios servicios al desgraciado don Fernando, le había suministrado el medio de eximirse, por un acto enérgico, de la bochornosa muerte que le tenían preparada. Dijo también que el ilustre señor, vencido de la extenuación y del pánico, perdió en sus últimos momentos el juicio, cayendo en singulares locuras y manías.

—Tantos detalles no habían llegado a mi noticia —dijo el guerrillero—; y en cuanto a las palabras de ese renegado que con usted habló, no les doy fe.