—¿Por qué?

—Porque no.

—Es uno que dijo llamarse... ¿a ver cómo? ¡Ah! Salvador no sé cuántos.

—Me lo figuraba... —contestó Navarro con diabólica risa—. Uno de los que busco... y de los que no se me escaparán, a fe mía... Es un reptil que ha querido morderme y que he de aplastar sin remedio. Traidor renegado, ha hecho migas con los franceses, y es uno de los más crueles sayones que tiene la canalla para atemorizar a las gentes inofensivas de este país. Embrollón, embustero, farsante y lleno de fatuidad, atreviose a poner sus ojos en un ángel del cielo a quien idolatro, y que no puede ser sino para mí... ¡Oh! nuestra rivalidad es ya un poco antigua... pero se ha recrudecido recientemente, señor Soldevilla de mi alma, desde que ese miserable ratoncillo, que no merece roer la suela de mis zapatos, se ha atrevido a manchar la buena fama de la mujer que adoro, engañándola con miserables artes, y obteniendo de ella ciertos favores por el más vil y repugnante medio... Tome usted más carne, señor Soldevilla —añadió presentándosela—; tal vez necesite recobrar todas sus fuerzas para esta noche... Pues sí, como decía, empleando infames medios...

—Gracias, gracias, señor Navarro —dijo Salvador rechazando la carne—. Debe de ser un gran tunante ese joven.

—Como que para hablar con Jenara y arrancarle algún honesto favor, remedaba mi persona y mi voz en la oscuridad de la noche...

—No quiero nada más —dijo Monsalud secamente—. Me encuentro bien.

—Poco ha comido usted...

—Lo necesario para afrontar cualquier peligro.

—Pues sí, amigo Soldevilla —añadió Navarro—, perdone usted que me haya exaltado al oírle nombrar persona tan aborrecida para mí. He jurado matarle, matarle sin piedad, y me parece que mientras él viva me está robando con su aliento la existencia que Dios me dio para vivir y el aire para respirar.