Sacudido por viva excitación nerviosa, Monsalud se levantó del suelo en que yacía.
—¡Oh!, no se levante usted... descanse usted más, señor Soldevilla —dijo Navarro con ironía semejante a la del diablo cuando sonríe a las almas en el momento de cargar con ellas—. Tome usted fuerzas, amigo mío, que quizás las necesite pronto, sí, muy pronto... Si quiere usted dormir, duerma sin cuidado; y por si tuviese recelo de que mis compañeros le hagan algún daño, esté tranquilo, que no me moveré de su lado hasta que abra los ojos.
—No quiero dormir —repuso Salvador poniéndose en pie—. Agradezco a usted lo que ha hecho por mí... Y ahora que recuerdo, cuando ese jurado, que antes mencionó, hablaba del trágico fin del señor don Fernando Garrote y de su funesta locura, hacíalo con tanta compasión, que parecía haberse interesado vivamente por él.
—¡Buen caso haría yo de las hipócritas palabras de ese necio! —dijo Navarro sin disimular su ira—. ¡Oh!, solo el oír en su boca el sagrado nombre de mi padre, me parece un insulto... A ver, señor Soldevilla —añadió tomando el sable de un guerrillero que dormía—, ¿qué le parece a usted este sable?
—Magnífico —respondió el jurado, pasando el dedo por el filo y apoyando la punta en el suelo para probar la flexibilidad de la hoja.
—Si no recuerdo mal, me rogó usted que le proporcionase un sable. Quédese, pues, con el que tiene en la mano. Este borracho de Roque es de mi compañía, y mañana me entenderé con él.
—¡Gracias, gracias! —dijo Monsalud con extraordinaria animación. ¡Cuántos favores debo a usted!
—¿No duerme un ratito?
—No.
—Es verdad. Tiempo tiene usted de dormir —dijo Navarro levantándose—. Sí; de dormir mucho, muchísimo.