Casi todos los guerrilleros que antes había en la barraca, o habían salido a tocar la guitarra sobre el campo, o dormían como troncos. Monsalud y Navarro salieron. Cuando se hallaban a buen trecho de la tienda, el renegado dijo a su enemigo:

—¡Navarro, Navarro!... Dios que nos mira sabe que no te tengo miedo... Acabas de hacerme un beneficio; mi corazón se oprime al pensar que puedo darte la muerte... Aguarda, por Dios, a que te ofenda de nuevo; aguarda a que esta gratitud se disipe... Te aborrezco; pero un secreto respeto enfría mis rencores cuando pienso que vamos a batirnos. A pesar de los horribles insultos que hace poco me has dirigido, te ruego que esperes, que esperes hasta mañana siquiera. Creo que debemos esperar.

—Adelante —repuso Navarro con enérgico acento—. No tienes que agradecerme nada. No te he perdonado, no te perdonaré, si no me confiesas que fingiste mi persona y mi voz para engañar o Jenara.

—¡No lo confesaré porque es mentira! —exclamó Salvador lleno de ira.

—¡Pues te mataré porque es verdad! —rugió Navarro—. Miserable, ¿piensas que el hombre que ha hablado a solas con esa mujer puede insultarme respirando el aire que yo respiro y viendo la luz que yo veo?

—No una, sino muchas veces he hablado con ella —dijo Salvador.

—¡Mientes, bellaco! —gritó Navarro abalanzándose hacia él con el sable desnudo—. Defiéndete, hijo de nadie, miserable espúreo.

Monsalud sintió que por sus venas corría fuego, que su cerebro era un volcán. Ciego, loco de ira, se puso en guardia, gritando:

—Defiéndete, salvaje. Mátame; pero antes de hacerlo, sabe que eres un bandido, y tu Jenara una vil mujerzuela.

—Canalla, toma el camino del infierno... ¡Corre..., anda..., allá vas!