No hablaron ni una palabra más; los aceros chocaron.
Estaban en un sitio solitario, y la noche era oscurísima. Durante breve rato las dos hojas de acero se rozaban con discorde sonido. De pronto Carlos dio un grito terrible; inundado de sangre, cayó al suelo.
—¡Dios mío!... ¡Muero!... —exclamó con un rugido, en el cual parecía que echaba el alma.
Y luego, con voz expirante, añadió:
—¡Padre!...
Monsalud hincó una rodilla en tierra y le miró el rostro, sin advertir que algunos hombres se acercaban.
FIN DE «EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ»
Madrid.—Junio-julio de 1875.