—Mañana salen de Madrid los franceses. Parece que ahora va de veras, señores patriotas, y que no volverán más. El rey José está muy apretado y no puede pasar, según dicen, de la línea del Ebro. Aquí no quedará un solo francés, ni un solo jurado, ni un solo polizonte, ni un solo jacobino. Respira, ¡oh patria!

—La verdad —dijo don Lino Paniagua, que también era de los presentes— es que Wellington se ha movido.

—Y parece que también se ha movido el cuarto ejército que manda Castaños... Sin duda quieren cerrarles el paso de Burgos y Vitoria.

—¡Admirable plan! —exclamó Lobo—. ¡Cerrar el paso! Nada más claro. El cuarto ejército estaba en todas partes, como perejil mal sembrado. Castaños, en Extremadura con una división; Porlier y Losada, en Galicia con otra; Morillo, en Asturias; Mina, en Vizcaya. Lord Wellington, que desde Fregeneda ponía su lente en todo, les ha mandado adelantarse. Uno viene por aquí, otro por allá, con tan admirable concierto y arte como las piezas de un reloj que ordenadamente van andando, sin estorbarse una a otra. El francés, que con la cholla cargada de vapores viníferos se duerme en Valladolid, en Segovia, en Madrid y en Zaragoza, no ve el nublado hasta que le cae encima. Se asusta, llama a Farfulla I en su ayuda; pero Farfulla I, después de la campaña de Rusia, no está para fiestas, y héteme al rey José en campaña. Él había dicho, como los castellanos: «Vino puro y ajo crudo hacen al hombre agudo...», pero en buena se ha metido... ¡Grandes batallas se preparan! Todo esto, amigos míos, lo barruntaba yo; se necesita no tener un solo grano de sal en la mollera para comprender que hallándose el lord en Fregeneda, Longa y Mina en el Norte, Morillo en Asturias, y Carlos España en el Bierzo, pues... yo lo veo claro como el agua.

—Y yo turbio como el cieno —dijo Canencia con filosófico desdén—. ¡Una batalla más! Rousseau ha dicho que las verdaderas batallas son las que gana la sabiduría contra la ignorancia de la corrompida humanidad.

No tardó en pasar el Padre Salmón, que, con el Padre Ximénez de Azofra y el marqués de Porreño, regresaba a su convento, y pegándose al grupo hizo varias preguntas.

—Eso ya lo sabíamos... que se va toda la canalla mañana temprano... ¿Pero y de los ejércitos, qué se dice?

—A mí se me figura —dijo con gravedad el marqués de Porreño—, se me figura... es idea mía... puede que me equivoque, pero juraría que el lord se ha movido.

—Eso no tiene duda —repuso Lobo dignándose repetir el plan de campaña con que poco antes había demostrado su perspicacia estratégica.

Y al poco rato partieron en distintas direcciones. Acompañaron al señor marqués los dos reverendos, y recibidos por la interesante familia de este, Salmón exclamó: