—¡Gran bomba, señoras! El lord se ha movido.

—¡Y mañana salen de aquí todos los franceses!

—¡Benditos sean los designios de la divina Providencia! —dijo la hermana del marqués.

—¡Wellington se ha movido! —repitió el mercenario, mirando a diestro y siniestro por ver si se vislumbraban en el horizonte lejanos signos de soconusco—, y juntamente con Mina y Morillo viene sobre Madrid.

—¡Jesús! ¡Sobre Madrid!

—Así lo han dicho. Parece que da la vuelta por el Duero, que está, como usted sabe, en Tordesillas. Y como Castaños pasa de Extremadura a Asturias, con el séptimo cuerpo, digo, con el octavo o con el duodécimo... en junto unos cuatrocientos mil hombres.

Poco después la hija del marqués de Porreño iba a casa de Sanahuja, donde ya sabían la noticia gracias a don Lino Paniagua, y decía:

—Lo menos setecientos mil hombres dicen que trae Vellinton.

Conviene advertir que casi todos los españoles pronunciaban el nombre del general inglés como acabamos de escribirlo. Algunos lo modificaban diciendo Velliztón, acentuando la última sílaba, lo mismo que decían Stapletón Cotón; pero esto no hace al caso, y siga nuestro cuento. El conde de Rumblar, que a la sazón hallábase en casa de Sanahuja, partió como un rayo, y en la Puerta del Sol topó con Marchena, a quien dijo que José iba sobre Fregeneda, y que el duque de Ciudad Rodrigo estaba en Valladolid... Poco después don Narciso Pluma, que esto oyera y otras muchas estupendas cosas que había oído poco antes, lo revolvió todo, haciendo la más chistosa ensalada que puede imaginarse, y entró en casa de Porreño, donde sostuvo que se estaba dando una batalla junto al Duero entre don Pablo Morillo con doce mil hombres y el rey José con setecientos mil...

Repitámoslo, sí. ¡Entonces no había periódicos!