IV
Cuando se disolvió el grupo, los dos jóvenes siguieron su camino.
—Vamos a casa de mi tío —dijo Monsalud—, a ver qué piensa de estas cosas. Ya anochece; apretemos el paso... ¿No te parece que los habitantes de la Villa están un poco alborotados?
—¡Salen los franceses!... ¡Un cambio de Gobierno! —murmuró Bragas intranquilo—. Ahora todos los que han sido empleados durante el Gobierno intruso...
—A la calle, amigo. ¡Pues no es poca afrenta la que tienen encima, haber servido al intruso!... ¡Oh vilipendio!
—Pero yo soy español, muy español. Detesto a los franceses.
—Ahora que se van es muy cómodo decir eso. Yo, señor don Juan, les tengo rencor. Con ellos he servido, con ellos voy.
—Entonces dirás: «¡Viva Napoleón!»
—No diré ni que viva ni que muera, porque yo no he de matar ni resucitar a nadie. Me alegraré de que sea rey de España Fernando VII... Ya sabes por qué he servido a José: me moría de hambre y acepté sus banderas. Tal vez hice mal; pero las juré, y tras ellas voy a donde me lleven. Eso de gritar hoy Bonaparte y mañana Fernando, como hacen muchos, no entra en mi sistema. Sirvo a José sin entusiasmo, pero con lealtad.
—¡José, José —exclamó Bragas alzando la voz—, es un borracho! No se tiene lealtad con los borrachos.