—A ti y a mí nos ha dado de comer. Los dos nos encontrábamos en Madrid bastante perdidos y derrotados. Mi tío me colocó en el regimiento de Jurados, lo cual fue muy fácil, porque nadie quería entrar en él. Tu colocación parecía más difícil; pero tanto lloraste y gimoteaste ante el conde de Cabarrús, que el buen señor, considerando que eres hijo de su criado, diote a roer ese hueso de la covachuela. Para conseguirlo, te fingiste entusiasmado con el fraternal gobierno de Bonaparte, ¡y qué memoriales le echabas!... ¡cuántas resmas embadurnaste con lamentos y suspiros!... Para que todo no fuera música y palabrillas vanas, te aplicaste al oficio de dar vítores y palmadas en la calle siempre que el rey pasaba, y gritar: «¡Mueran los madripáparos!»
—¡Mentira, mentira! —chilló Juan Bragas, cuyo rubor no podía distinguirse a causa de la oscuridad de la noche—. ¿De dónde has sacado tales invenciones?
—Verdad, verdad pura, digo yo —continuó Monsalud—, como también lo es que te daban obra de tres reales por función, quiero decir, por cada carrera detrás del coche de Pepe Botellas, gritando y vitoreándole. Ello es que si te desgañitaste, ganando aquella ronquera que te puso en peligro de callar para siempre en la sepultura, en cambio recibiste el destino que tienes, el cual verdaderamente no es mucho premio para tanto batir palmas y asordar a la gente con los vivas.
—Salvador, Salvador, mira que me incomodo —dijo Bragas con voz balbuciente, señal de que le ponía colérico el verídico retrato que su amigo diestramente trazaba—. Cualquiera que te oiga, ¿qué pensará de mí?
—Ahora quieres pasar por hombre formal. Vas muy serio y finchado por la calle; entras en la covachuela dando taconazos, y cualquiera supondría que dentro de ese casacón que compraste en el Rastro, va un consejero de Indias.
—Si no va todavía, irá con el tiempo, señor mío.
—Y como parece que el rey José y los franceses y los jurados se marchan para siempre, quieres hacer olvidar que te colocó el conde de Cabarrús... Ahora es preciso empecinarse, señor Juan Bragas, como se empecinó su merced cuando evacuaron la Villa los franceses y la ocuparon los aliados, después de la batalla de los Arapiles.
—Amigo Monsalud —gruñó el otro—, yo soy dueño de hacer mi santa voluntad ahora y siempre. Sé dónde me aprieta el zapato, y cada uno tiene su alma en su almario. Tú mismo, que ahora te la echas de hombre recto y puntilloso, estás esperando a que los franceses salgan de aquí para desertar de sus filas y pasarte a los españoles, lo cual es muy meritorio y por extremo patriótico; que no hay gloria más envidiable que servir a la patria, ni deshonra que se compare a la de ayudar al enemigo contra nuestros hermanos. Y ahora que los franceses van de capa caída y parece que huyen vencidos, el heroísmo consiste en volverles la espalda.
—Eso no lo haré yo —dijo con energía Monsalud—, que cuando entró a servirles lo hice por mi voluntad.
—Pues no te podrás quitar de encima la nota de traidor —indicó Bragas, malicioso—, que traidores son los que sirven al enemigo de la patria. ¿No te da vergüenza de vestir ese uniforme?