Cuando esto decían, habían entrado en la calle de Toledo y tomaban por la derecha la embocadura de la Cava Baja, donde tenía su residencia el señor Monsalud senior, tío de nuestro héroe. Por las noches Salvador solía hacer parada en casa de su tío, antes de encerrarse en el cuartel, y acompañábale generalmente Bragas, atraído por el olorcillo de una regular cena que allí se aderezaba y el reclamo de una animada tertulia.
—Veremos qué piensa mi tío de estas cosas —dijo Monsalud—. Es un afrancesado rabioso, y desde que el conde de España le mandó dar de palos en Salamanca, no cesa de decir que ahorcaría a todos los empecinados si en su mano estuviere.
No había concluido Monsalud de decir lo que antecede, atravesando la plazoleta que llaman Puerta Cerrada, aunque no hay allí puerta alguna abierta ni entornada, como no sea las de las casas, cuando muchas de las gentes reunidas junto a las tiendas, y el gran número de majos, chulillos y mozalbetes desvergonzados que por allí discurrían, fijaron su atención en los dos jóvenes, y principalmente en el sargento de la guardia, cuyo uniforme a cien leguas le denunciara como servidor del rey entrometido.
—Parece que nos miran —dijo Monsalud— y nos señalan. ¿Llevamos algo de particular?
—Es que la gente está alborotada... —balbució Bragas, temblando de miedo—. Llevas uniforme de la guardia jurada... Ese traje es muy aborrecido en Madrid, y con razón, con muchísima razón... No creas que te van a defender tus amigos. Ocupados de su viaje, no se cuidan de niñerías, y lo mismo les importará que te insulten o que no. Los franceses desprecian a los traidores que les sirven, como les despreciamos los españoles.
Iba a contestar Monsalud, cuando de un grupo de holgazanes que sostenía la esquina de la Cava Baja, salieron voces de «¡A ese, a ese!», y luego un murmullo de risas insolentes. Monsalud se paró en medio de la calle, y volviéndose a los del grupo les miró cara a cara, esperando que alguno pasase de las palabras a las obras. En el mismo instante, varias pelotas de lodo, arrojadas por los chiquillos, se aplastaron en su pecho, salpicándole la cara.
El populacho es algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene horas de heroísmo, por extraordinaria y súbita inspiración que de lo alto recibe; pero fuera de estas ocasiones, muy raras en la historia, el populacho es bajo, soez, envidioso, cruel y, sobre todo, cobarde. Todos los vencidos sufren más o menos la cólera de esta deidad harapienta que por lo común no sale de sus madrigueras sino cuando el tirano ha caído. Si no le supo exterminar con su iniciativa y su fuerza, casi siempre se da el gustazo de rociarle con su fango; y a todas las instituciones o personas que caen por el esfuerzo de campeones de otra esfera más alta, el populacho les pone su ignominioso sello de inmundicia. La libertad y las caenas, a quienes alternativamente aduló, han visto sobre sí en el momento terrible a la furia inmunda que les escupía. Como la hiena, es intrépida con los muertos.
Casi desguarnecida Madrid de tropas francesas, pues muchas habían ido saliendo desde mediados de mayo; dispuesto todo para marchar las últimas en la madrugada del siguiente día 27, el enemigo, puesto un pie en el estribo, no se cuidaba ya de hacer cumplir las reglas de policía. El estado de la guerra y la comprometida situación de José junto al Ebro, confirmaban a aquel en su idea de que la ocupación de España iba a tener fin; mas si estaban indiferentes y aun alegres los franceses, los españoles comprometidos con ellos no cabían en su pellejo de puro azorados y medrosos. A muchos de estos insultó la plebe en diversos puntos, y aterrados algunos al ver el desamparo en que quedaban, desertaron para acogerse de nuevo a las banderas de la patria.
Se comprenderá, pues, que la situación de Monsalud, frente a los respetables varones del populacho matritense, no era muy lisonjera. Ciego de enojo, con el rostro encendido y la voz balbuciente, echó mano a la empuñadura del sable gritando:
—Al que se me acerque, le atravieso.