Y capaz era de hacerlo como lo decía, lo cual fue sin duda conocido por el egregio concurso de la esquina, no habiendo entre todos ellos uno solo que se destacase del grupo para hacer frente al irritado mancebo. Viendo este que, con ser tantos, no pasaban a vías de hecho, siguió su camino; pero los disparos de lodo se repitieron de tal modo por la cohorte infantil, que Monsalud, sin hacer uso del arma, corrió tras uno de aquellos angelitos de arroyo para castigar su desvergüenza. Antes que atraparle consiguiera, lo que no osaron tantos hombres atreviose a hacerlo una mujer, la cual, cuadrándose marcialmente ante Salvador y desafiándolo del modo más varonil con ojos, gesto, manos y la cortante y ponzoñosa lengua, le dijo:
—¡Eh!, so estandarte, si toca usted al muchacho no tendrá tiempo de encomendarse a Dios. Si el angelito le roció, es porque puede hacerlo, y para eso y mucho más le he parido... Conque siga adelante; punto en boca y manos quietas.
Dada la señal por la matrona, acercáronse valerosos algunos de los chulos y tomadores que antes dispararan sobre el soldado burlas y palabrotas; enracimáronse los chiquillos y mujeres en derredor suyo, y una tempestad de insultos tronó en sus oídos. Aturdido al principio el mozo, defendiose con empellones y golpes muy bien dirigidos.
—¡Matarle! —gritó una arpía, al sentirse abofeteada por la mano vigorosa de la víctima.
—Y también a su compañero el del casacón.
—A mí, señores: ¿pues qué he hecho yo? —dijo Bragas, procurando echarse fuera del volcán—. Yo no conozco a ese hombre.
—¡Mueran los jurados!
—¿Acaso visto yo ese vergonzoso uniforme? —repitió casi llorando Braguitas—. Soy un joven honrado, español puro y neto, y jamás he servido a la basura.
Monsalud, a quien no hostigaba ningún hombre de buenos puños, sino tan solo mujerzuelas, chicos y algún cobarde zarramplín de esos que van a todas las pendencias a meter ruido, pudo echar mano al sable y apartar un poco de su persona al indigno enjambre. Repartió de plano con seguro puño algunos golpes, y sin ser papa creó gran número de cardenales en menos que canta un gallo. Algunas personas graves y varios majos decentes intervinieron en el asunto, aplacando la furia de todos, y propusieron que se dejase en libertad al guardia, con tal que allí mismo se quitase el uniforme. Enfurecido y fuera de sí Monsalud, iba a arremeter contra los amigables componedores, cuando apareció su tío don Andrés saliendo de la casa cercana, que era donde vivía, y con razones y tal cual empellón, él y otros que le acompañaban, cortaron la pendencia, obligando al joven a meterse en el portal, que cerraron al instante.
Puesto en salvo su sobrino, a quien acabaron de aplacar las personas de ambos sexos que había en la casa, el señor Monsalud creyó oportuno dirigir la palabra a los del pueblo, un tanto mohíno por no haber podido vengar en el renegado las contusiones recibidas.