—No hagan ustedes caso, señores —les dijo con voz oratoria, que en su vana sonoridad gustaba de oírse a sí misma—. Ese joven es mi sobrino, un mala cabeza, un insensato que se afilió en el cuerpo de guardias jurados, sin saber lo que se hacía. Pero en el fondo de su alma, señores, mi sobrino es español por los cuatro costados, y aborrece a los pérfidos enemigos de la patria. Comprendo, señores, que el pueblo se ensañe contra los afrancesados: esos viles merecen pronto y ejemplar castigo. (Señales de aprobación.) Pero respetemos la desgracia, señores y señoras; que demasiado castigo tienen esos viles en su propio remordimiento y vergüenza. Esta noche es noche de gran regocijo para los buenos españoles, porque mañana se marchan los pocos borrachos que quedan en Madrid. España es libre, señoras, caballeros y niños. ¡Viva España! (Ruidosos aplausos, y tal cual rebuzno y no pocas patadas, berridos y coces.) Yo respondo de que mi sobrino dejará las traidoras banderas en que ha servido; él es buen patriota, tan buen patriota como yo, que estoy dispuesto a derramar la última gota de mi sangre, sí, la última y postrera gota en defensa del rey y de la Constitución. ¡Viva la Constitución! (Ibidem.) Y si alguna vez he vivido entre franceses, no lo hice por amistad hacia ellos, como dicen mis enemigos, sino que les seguí y me metí industriosamente entre sus filas para averiguar sus planes y espiar sus acciones e informar de todo a nuestros queridos, a nuestros queridísimos generales... ¡Ah! ¿Queréis más pruebas? Pues allá van las pruebas. Os ruego que contestéis a mis preguntas. ¿Quién soy yo, señores? Yo soy un mártir del patriotismo. Consagré mi vida al servicio de la patria, y hallándome cerca de Salamanca, en un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, los franceses me apalearon.[1] ¿Y por qué, señores? Porque con mi espionaje puse todos sus secretos estratégicos al servicio de Lord Wellington. Pues qué, ¿creéis que sin mí se hubiera ganado la batalla de los Arapiles? (Estupor.) Aún tengo sobre mi cuerpo cien cardenales que con su noble púrpura manifiestan mi heroísmo. Luego vine a Madrid a gozar del espectáculo de este gran pueblo, ebrio de gozo por su libertad, y en agosto del año pasado juramos la Constitución en presencia del general inglés. ¡Oh día solemne! ¡Oh época feliz! Si se empañó tan diáfana claridad con el regreso de los franceses, mañana se desgarrará el velo tenebroso de la invasión; mañana se marchan otra vez para siempre, señores, con su séquito inmundo de traidores y jurados y afrancesados. Ved cómo tiemblan, cómo se esconden de vuestras patrióticas miradas; cómo su vergüenza les hace bajar la cabeza ante la majestad de nuestro puro españolismo sin mancha. Enorgullezcámonos, señores, de no haber servido jamás a los franceses, de no habernos contaminado jamás con viles masones y filosofastros, y digamos con el ángel: Ave María... Cada cual a su casa, que es hora de acostarse. ¡Viva la Constitución y el Lord y Fernando VII! (Tumulto y extraordinaria sensación, acompañada de sonoros bramidos y vocablos, que no lleva en sus blancas páginas el Diccionario por miedo a ruborizarse.)
[1] Véase La batalla de los Arapiles (1.ª serie).
V
Salvador subió tristemente la escalera de la casa, acompañado de varias personas que, atraídas del ruido y del temor, bajaron, y en la meseta donde se abría la puerta del domicilio de su señor tío, recibiole, candil en mano, la esposa de este, que le dijo así:
—No podía ser otra cosa que una barrabasada del sobrino de mi marido. ¡Todo sea por Dios! Este chico tiene la cabeza a las once y está podrido de ella. ¿Te han herido?
—El pueblo de Madrid aborrece este uniforme —gritó Bragas que detrás a poca distancia subía—, y no le falta razón.
—Solo a este loco se le ocurre sacar el sable porque le echaron un poco de fango —dijo la señora de Monsalud alumbrando para que pasasen todos a la sala.
Componían aquella noche la tertulia doña Ambrosia de los Linos y sus dos hijas, una de las cuales, casada poco antes, vivía en el piso tercero del mismo edificio. Ambas eran bastante lindas, principalmente la soltera, que cautivaba por su frescura, por sus vivarachos ojos, por sus rosados carrillos, marcados aquí y allí con vagabundos lunares, por su gracia en el mirar y la flexible ligereza de su cuerpo, tanto más admirable cuanto que la muchacha era algo medianamente gordita, prometiendo en diversos parajes de su persona que igualaría con los años a su enorme mamá. También estaba allí don Mauro Requejo, que solía ir todas las noches, por ser pariente de la señora de Monsalud, y no tardó en presentarse don Gil Carrascosa.
La señora de Monsalud era una mujer de presencia no vulgar ni desagradable, pero muy gastada y decaída por causas que ignoramos. Durante un matrimonio estéril, que ya contaba trece años, marido y mujer no habían ofrecido al mundo un modelo perfecto de concordia. Repetidas veces se separaron para volver a juntarse; repetidas veces crujieron los palos de las inválidas sillas, y volaron por el aire los platos desportillados, instrumentos unas y otros de la ciega cólera homicida de ambos consortes. Andrés Monsalud era hombre de mala conducta, fatuo, desarreglado, trapisondista, embrollón, aventurero; Serafinita pecaba de caprichosa, holgazana, embustera, y tenía más vanidad que una princesa, gustando mucho de emperifollarse y, sobre todo, de aparentar posición y suponer posibles muy superiores a lo que en realidad tenían ella y su marido, pues reunida la fortuna inmueble de entrambos, allá se iba con la nada.
Por último, después de la tragedia de Babilafuente, Serafinita logró atraer a su marido y poner casa en Madrid, y de la noche a la mañana, por mediación generosa de un caballero francés, dieron a Andrés un regular destino en la Visita de Propios, con lo cual uno y otro estaban tan huecos que, de allí a tratar a Dios de tú, apenas había el canto de una peseta. Su morada, no obstante, era humildísima, porque el sueldo no rayaba ciertamente en Potosí; mas Serafinita se esmeraba en aumentar con mil artificiosas combinaciones el lustre y aparato de su casa.