—Puedes respirar tranquilo, sobrino —dijo la señora con bondad—. Descansa y se te dará un vaso de agua para matar el susto.

—No quiero agua —repuso bruscamente el joven, paseándose de largo a largo por la sala—. Tengo que marcharme.

—¡Marcharse! —exclamaron a dúo y con desconsuelo las dos niñas de doña Ambrosia.

—Este joven gusta de pendencias y de derramar sangre —añadió esta—. ¡Cómo se conoce que los franceses le crían a sus pechos!

—Pero al menos —dijo Serafinita—, ¿te quitarás el uniforme?

—Sí, hablad de eso a este babieca —indicó Juan Bragas, que había ido a fondear junto a la más pequeña de las fragatitas de doña Ambrosia—. Es muy gabacho este caballero. Los pocos españoles extraviados que sirven en las banderas de José, están a estas horas con los ojos y el corazón vueltos hacia la madre patria afligida; pero este mi don Quijote botellesco dice que su honor le obliga a no abandonar a la canalla.

—Hace cosa de seis meses —afirmó Serafinita—, habría sido gran locura mostrar siquiera un adarme de españolismo; pero hoy es distinto. Los franceses van de capa caída y buen tonto será quien se embarque con ellos.

—¡Oh, si, será un idiota! —dijo doña Ambrosia—, aunque lo mejor habría sido no servirles nunca.

—Las circunstancias —añadió Serafinita—, obligan a los hombres a sofocar algunas veces su natural impulso y fogosidad patriótica. Ahí está mi marido, que no le hay más español en toda la tierra del garbanzo, y, sin embargo, viose arrastrado a cierto compadrazgo con los franceses, y aun anduvo, con masones y revoltosos, malquisto de todo el mundo. Pero de algo valen los consejos de una mujer prudente. Yo le traje al buen camino, y como mi familia, que no es ninguna familia de tres por un cuarto, ha tenido siempre relaciones con altos personajes, fácil me fue amarrar a mi esposo al pesebre de la Visita de Propios. Diole la plaza un ministro francés; ¿pero tenemos la culpa de que haya sido francés quien primero echó de ver nuestros méritos, o si se quiere, los de mi marido, para todo lo que sea cosa de aritmética en cualquiera oficina?

—Si recibimos un pequeño favor de esa canalla —gritó con vehemencia Bragas—, diéronnos lo nuestro, y nada tenemos que agradecerles. Españoles somos, y ahora váyanse con dos mil demonios.