—Lo que hay en esto —dijo don Mauro Requejo, que sombríamente había permanecido en un rincón de la sala, sin hablar hasta entonces—, es que para dar sus destinos a los señores Monsalud y Bragas, fue preciso quitárselos a otros, que, pecando de empecinados, mortificaban con cuchufletas y versitos a los franceses.

—¡Nadie hay más empecinado que yo! —exclamó con furioso arranque de entusiasmo Juan Bragas, saltando en medio de la sala, con gran regocijo de las niñas de doña Ambrosia—. ¡Viva don Juan Martín Díez!

—¡Viva, viva mil años! —repitió Andrés Monsalud, presentándose en la sala, con semblante reposado y satisfecho, sin duda por la vanagloria que el reciente discurso callejero había dejado en su ánimo—. ¡De buena has escapado, sobrinillo! ¡Exponerse a las iras del pueblo español!... Vamos, te perdono; yo también he sido calavera, yo también he sido revoltoso y provocativo y...

—Afrancesado —indicó con malicia doña Ambrosia—. No hay que echársela de apóstol Santiago.

—Un poquillo —repuso Monsalud con turbación—. Pero de arrepentidos se hacen los santos. La prueba de mi sinceridad la tengo hoy en la confianza de mis amigos. Hanme comisionado esta tarde para preparar los festejos...

—¿Para cuando entre don Carlos España? —preguntó la de los Linos.

—Para cuando entre don Juan Martín o Lord Wellington... Un arco de triunfo, ¿qué les parece a ustedes? En mi oficina hemos resuelto componer unos versos, y ver si se hace un carrito.

—Ya nos cayó quehacer, amigas mías —dijo con júbilo Serafinita—. Desde mañana pondremos manos a la obra, porque las guirnaldas de rabo de cometa no son cosa que se despache en tres días.

—Y luego mucho de banderitas y escarapelas —dijo una de las muchachas.

—Y será preciso que doce o catorce doncellas tiernas se vistan de ninfas para ir delante del carro cantando el Velintón.