—Y como haya alegoría, vestiremos a mi sobrino de dios Marte —indicó Monsalud.

El joven soldado dirigió a su tío una mirada de desprecio.

—Estará saladísimo —dijo doña Ambrosia—. Mi esposo y padre de estas dos niñas hizo de Marte cuando la jura del otro rey, y era una gloria el verle con todo su hermoso cuerpo medio desnudo y el chafarote en la mano... ¡Oh! ustedes no alcanzaron a ver tanta preciosidad.

Don Gil Carrascosa, entrando apresurado en la estancia, saludó a todos con amable cortesanía, especialmente a las niñas.

—¡Pues qué! —dijo—, ¿todavía está nuestro mozalbete metido dentro de la indigna librea francesa? A estas horas casi todos los españoles que servían a José han desertado. Acabo de ver a dos que se escondieron esta mañana.

—¡Han desertado! —repitió el coro de mujeres.

—Fuera esa casaca, sobrino —gritó Monsalud dirigiendo al hijo de su hermana imperiosa mirada—. ¡Ay!, acuérdate de tu madre, a quien no nos atrevimos a dar parte de tu afrancesamiento... Si lo llega a saber, se morirá de pena.

—Te esconderemos aquí —dijo Serafinita—, aunque no habrá peligro, pues ellos tienen bastante quehacer para ocuparse de ti.

—En esta casa, no —afirmó con aplomo el tío—. Los vándalos conocen el rabioso españolismo mío, y de seguro vendrían a buscarle, acusándome de haberle impulsado a la deserción.

—Pues se puede esconder en mi casa —dijo la mayor de las Linas, que era la casada y tenía su nido en el tercer piso.