—Eso es, que se esconda arriba —repitió con extraordinaria vehemencia la soltera, contemplando al joven Monsalud de tal modo que parecía envolverle con su mirada como en amorosa y blanda nube protectora.
—Sí, en el tercero.
—Yo le cederé mi cuarto y mi cama, y dormiré con mi hermana —añadió la doncella en un segundo arranque de generosidad.
—Francamente, Dominguita, tu esposo está fuera y no me gusta ver a dos muchachas solas en la casa con el dios Marte —objetó doña Ambrosia.
—Pues al sotabanco. Hablaremos al señor Pujitos para que le ceda un rincón.
—Conque, sobrino, vete despojando de tu uniforme.
El soldado, a quien tal proposición ofendía en lo más delicado de su alma, y que estaba a la sazón irritado por la escena de la calle y, además, por el impertinente charlar de su tía, contestó con ardor:
—Antes me quitaré el pellejo que el uniforme. Me lo puse por mi voluntad, lo tendré mientras exista el ejército a que pertenezco y la bandera que juramos.
—¿Eres francés?
—No sé lo que soy —repuso con desdén.