—¿Harás armas contra tus paisanos?
—No; pero tampoco abandonaré cobardemente a los que me han dado de comer.
Monsalud tío rompió en estrepitosas risas, acompañado por Bragas, Requejo y Carrascosa.
—Pero, sobrino de todos los demonios, ¿no tienes en mí la norma de tu conducta?
—Si yo le imitara a usted en esto —dijo el joven temblando de indignación—, no tendría idea del honor, ni una chispa de vergüenza en mi alma, ni en mi corazón el sentimiento del deber, ni sería digno de que me mirasen los hombres. Adiós. Me voy para siempre de esta casa y de Madrid.
El soldado salió resueltamente. Un poco atontado el tío, bastante aturdida su esposa, no pronunciaron una sola palabra para detenerle.
—Ese muchacho es un insolente —dijo al fin la señora de la casa.
—¡Pobrecito! —murmuró el oficial de la Visita de Propios.
—¡Él se lo pierde! —indicó majestuosamente Serafinita—. Ahora que mandan los españoles he de conseguir para ti una buena vara, Andresito. Serás corregidor de Alcalá, de Ocaña o de Tarancón. Yo había calculado que Salvadorcillo nos acompañaría con un buen momio.
—No se puede sacar partido de ese muchacho.